El imaginario social es definido por Cornelius Castoriadis como una creación colectiva y esencialmente indeterminada de formas, imágenes y figuras que informan lo que lo sujetos llaman realidad, a partir las cuales, y sólo a partir de ellas, puede tratarse de algo en el lenguaje humano.[1] Según Yago Franco, los sujetos mismos van modificando esta realidad que los rodea, la cual tiene una capacidad imaginante, un orden de sentido, una producción de significaciones colectivas que al ser reproducidas se van trasformando. Para Franco, estas significaciones son imaginarias porque no corresponden a elementos racionales que se agotan en la referencia a tales, sino que son dadas por creación, y se instituyen socialmente, siendo objeto de participación de una colectividad impersonal y anónima.[2]

            Partiendo de esta teoría, podemos afirmar que el imaginario del vampiro literario instituye una realidad mediante la creación, diferente de la que estaba hasta entonces establecida. Como ya hemos apuntalado, el vampiro literario cuestiona un sistema de valores dados y, me atrevo a decirlo, intenta trasformar ese sistema en su estructura profunda, por lo que es vivido por la sociedad o individualmente como un peligro frente a la propia identidad; así, no es sólo creador de un lenguaje, sino que es forjador de subjetividad (de una red de significaciones acumulativas) y de una lectura particular de la sociedad producida a partir de la imaginación. El vampiro literario instituye una nueva realidad con su sola irrupción, ya que, según Castoriadis, una sola interpretación de una realidad del mundo es ya una creación radical e instituyente que trasforma las teorías del saber y del ser, y produce cambios en la historia.[3] Y es que la imaginación es origen de la representación y el pensamiento racional. Así, la imaginación revoluciona lo histórico, tal como el vampiro literario lo hizo al menos, y fuertemente, con una época de la historia literaria. Porque la historia es producto de la creación (Castoriadis). El vampiro se ha vuelto una institución dentro de esta historia literaria, que si bien, pudo no haber producido una ruptura social, sí la produjo en el mundo e historia de las ideas.

            El mito literario del vampiro, en su apetito voraz, deseo de posesión y actitud dominante, es un mito ligado al discurso de poder. A partir de las ideas del filósofo Michel Foucault, haremos una semblanza de la figura del vampiro en su relación con los mecanismos discursivos del poder, en los que se inserta. Utilizaremos algunas ideas capitales de su Microfísica del poder (1977)[4] como marco teórico.

Como discurso ideológico el tema del vampiro en la literatura rompe con las formas de coacción que el poder hegemónico tiene para establecer un cuerpo de ideas dominantes y conjurar los peligros que para ésta se presentan, pues el vampiro supera procedimientos de “exclusión”, como la prohibición, al tratar implícitamente o explícitamente temas de moralidad sexual que están tradicionalmente circunscritos a la Iglesia o al Estado, presentando una versión trasgresora o subversiva de éstos. Del mismo modo, supera la separación y el rechazo de lo irracional al matizar o diluir las fronteras entre razón y locura (el vampiro actúa típicamente como un criminal, como un perverso que en su actuar muestra una inteligencia, una capacidad de manipulación y seducción brillantes) a partir de las cuales se descalifica e invalida el discurso de todo lo que es no es racional como falso y sin valor. Afecta la voluntad de poder de la hegemonía al proponer, desde la marginalidad de una literatura particular (y no desde la institución reconocida como tal) una propuesta de verdad profunda que, con su mera irrupción, instaura un modelo, un hito y un asidero para la sensibilidad y el pensamiento que es heredado a la historia como una válvula de escape a una autoritaria represión moral y religiosa, que se percibe como atroz. Juega en ello con los mismos mecanismos que el poder hegemónico para instaurar su conocimiento a través del comentario, la reinterpretación y la repetición, permitiendo nutrir su discurso con las nuevas adiciones con que los escritores han llenado una forma que de hecho no termina de llenarse y configurarse. Juega finalmente, con el concepto mismo del “principio de autoridad” ya que, como hemos visto, escritores que tuvieron gran prestigio e influencia social en su tiempo, como Victor Hugo o Goethe, por poner sólo dos ejemplos entre varios notables, acudieron al mito literario vampírico ya sea por el mero goce de objetivar una fantasía que les era profunda y en la que podían proyectar preocupaciones y obsesiones estéticas o intelectuales, ya sea por hacer veladas o contundentes críticas al pensamiento de su época; esto, en la concepción del autor-escritor como sujeto modificador de su época  de la misma teoría de Foucault.

El mito literario del vampiro es un mito consolidado en la modernidad. El imaginario de la modernidad, como todo imaginario, es una creación y una construcción constante e incesante, que es leída y reinterpretada por cada sujeto que le da forma de la misma manera.[5] Vivimos en una inmensa red de relaciones que Casotiradis llama magma.[6] En ese magma, el vampiro, como un signo representativo de lo telúrico, lo diabólico, lo sexual, lo perverso e irracional, dio forma literaria, a través de una creación humanizada a la parte satánica el hombre. Como producto de una conciencia imaginante, revolucionó lo histórico literario. Sujetos y cultura no son así entes totalmente separados, sino que es necesario mirarlos en un mismo proceso de relación.[7] La literatura como institución social produce una dirección de sentido que los sujetos viven como norma, valores, lenguaje, imágenes; la literatura es formadora de subjetividad: es allí donde la figura del vampiro, dentro de la modernidad, se vuelve particularmente importante. Nos encontramos con un poderoso emblema cultural, una obsesiva imagen que cataliza, para los tiempos de la modernidad, las corrientes subterráneas del pensamiento y las lleva a una superficie en la que resplandece como una de las creaciones más cargadas de significación y vitalidad. Es por ello que, en mi opinión, el vampiro es uno de los emblemas modernos más importantes para la cultura si aceptamos con Marshal Berman que ser modernos es “encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, trasformación de nosotros mismos y del mundo y que, al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos”.[8]


[1] Erreguerena, María Josefa (2001): “El concepto de imaginario social” [en línea] en Anuario de investigación 2000 Vol. II. UAM: México, p. 25 Disponible en: http://148.206.107.15/biblioteca_digital/estadistica.php?id_host=6&tipo=CAPITULO&id=524&archivo=21-524ith.pdf&titulo=El%20concepto%20de%20imaginario%20social [Consultado el 1 de septiembre de 2015]

[2] Ibídem, p. 23

[3] Ibídem, p. 25

[4] Foucault, Michel (1992): Microfísica del poder. Siglo XXI, México.

[5] Erreguerena, Josefa María (2004): “El imaginario social en la modernidad” [en línea] en Anuario de investigación 2003. UAM: México, p. 593. En http://148.206.107.15/biblioteca_digital/estadistica.php?id_host=6&tipo=CAPITULO&id=1326&archivo=37-1326qia.pdf&titulo=El%20imaginario%20social%20en%20la%20modernidad [Consultado el 1 de septiembre de 2015]

[6] Ibídem

[7] Ibídem

[8] Citado en: Ibídem, p. 594