El vampiro en la narrativa española y latinoamericana. Parte II

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En 1910 el hondureño Froilán Turcios, figura con bastante peso en las letras hondureñas en la primera década del siglo XX, publica El vampiro, novela en la que la estética gótica y el decadentismo europeos son trasplantados a esta zona geográfica para servir como lenguajes que hablan de las trasformaciones sociales, políticas y literarias que se estaban viviendo en el país. Trata sobre un vampiro, el padre Felix, que asecha a un muchacho, Rogerio de Mendoza (quien narra en primera persona) proveniente de una familia de alcurnia afincada en La Antigua de la que el cura es amigo y asiduo visitante. El cura pone al descubierto su apetencia sexual diabólica y la corrupción en el seno de la Iglesia católica. Muerde al muchacho y ocasiona una trasformación en él; y así “escenifica la desestabilización del poder de la clase dirigente de una sociedad que está cambiando su estructura”.[1]

En 1911 el mexicano Alejandro Cuevas publica “El vampiro” en su libro Cuentos macabros, que responde al más puro estilo modernista, donde la extrañeza e irrupción de lo sobrenatural son ampliamente influenciadas por las narrativas de Poe y Hoffman. Se trata de un cuento con ecos del cuento “El hombre de arena”, pues en ambos casos se trata de un protagonista infantil que es traumatizado por una figura sombría y extraña que afecta su vida y tiene una relación mórbida con su padre.[2]

En 1912 el también mexicano Amado Nervo publica el cuento “La novia de Corintio” en su obra Cuentos misteriosos, una rescritura de la balada de Goethe. Sin embargo, Nervo tiñe al cuento de cierta moralidad conservadora que se opone a la estética del alemán, pues antes de que los amantes disfruten la carnalidad, Nervo hace que intercambien anillos en un improvisado matrimonio que aleja la lectura del ámbito pagano original. Nervo se vale también de trasladar el relato a la tradición popular e inscribirlo en un folclorismo, al hacer que su vampira sea enterrada fuera de los muros de la ciudad con ritos y ceremonias religiosas y afirmar que “esta narración es muy vieja y ha corrido de boca en boca entre las gentes de la cuales ya no queda ni el polvo”. Así, su relato si sitúa más en el terreno de la leyenda que en la del cuento fantástico. Los personajes son psicológicamente planos y son majeados por el narrador para ofrecerlos sólo como una historia entretenida y fabulosa. El texto de Nervo en sí porta una suerte de filosofía católica de la vida, al inscribir que la vida y la muerte forman parte de un mismo ciclo natural, pero que ambas se condicionan por la divinidad, insistiendo en la unión casta de la carne y en la resurrección desde un punto de vista religioso tradicional. El carácter trasgresor de la vampira se reduce al mínimo al despojársele de su fuerza simbólica, su erotismo y su perversidad, pues esta vampira ha resucitado para desear casarse dócilmente, reproduciendo sólo los aspectos más externos del vampirismo. La diferencia entre los textos de Goethe y Nervo es, pues, enorme: mientras que el primero ofrece un aspecto esencial del vampiro como trasgresión de todos los órdenes, el segundo ofrece uno tamizado por la espiritualidad, desde una óptica católica conservadora.[3]

Horacio Quiroga publica dos cuentos con el título de “El vampiro”. El primero aparece en 1921 y trata sobre un sujeto que desentierra un cadáver por lo que es encerrado en un hospital psiquiátrico.[4] El segundo aparece en 1927 en La nación y en 1935 como parte de su volumen Más allá. Trata de un hombre, don Guillén, que se apropia de los conocimientos del narrador para hacer una creación viva a partir de la imagen de una actriz de cine, algo que él mismo nombra como algo que debería “quedar para siempre del otro lado de la tumba”: un tabú. Esta creación pasa por varios estadios: una silueta fantasmal, el espectro de una mujer sensual, un esqueleto. Finalmente, con el ingrediente del amor, la creación se trasforma en una vampira. En el juego narrativo la incertidumbre acerca de la identidad de la vampira es muy importante y provee de tensión dramática. Una vez creada la vampira, don Guillén no puede controlarla y ella termina controlándolo a él mediante la sensualidad de su mirada, haciendo que sucumba ante la atracción mortal.[5]  Un tercer cuento de Quiroga ha señalado como vampírico, si bien de carácter metafórico. En “El almohadón de plumas”, publicado originalmente en la revista Caras y caretas en 1905, el vampiro adquiere una consistencia más animal, no humana; una forma repugnante, parasitaria y salvaje que habita en el lugar más íntimo: la cama. Succiona a su víctima para convertirse en una bola monstruosa, viviente y viscosa. Alicia enferma súbitamente de una anemia terrible que sólo la ataca de noche. Tras su muerte se descubre oculto en su almohada: una especie de insecto de patas velludas, un parásito de las aves que la vació. Ese vampirismo es la explicación lógica a su misteriosa enfermedad; pero en el cuento puede leerse quizá algo oculto y más profundo al sugerirse probablemente la metaforización de un vampirismo psicológico entre el esposo de Alicia y ésta, un esposo frío y distante al que teme más ama.[6] Los cuentos vampíricos de Quiroga tienen una peculiaridad: si bien, a principio del siglo XIX los vampiros en la literatura son conquistadores de los vivos y a finales del mismo siglo son vencidos, los vampiros del autor van más allá: parece no haber manera de vencerlos. Permanecen vivos al final de la narración, listos para agotar más víctimas.[7] Encarnación López González piensa que prácticamente en los textos hispanoamericanos el vampiro no muere al final del relato, ya que su eliminación no es necesaria como en el contexto anglosajón donde representan una amenaza moral, sexual y social, pues en  Hispanoamérica el vampiro fue asumido nada más como un desafío literario.[8] En este sentido, el personaje en las letras hispanas del modernismo corresponde más a una innovación literaria cuya representación pocas veces expresa tanta carga de significación simbólica asociadas a la moral y a los valores sociales de una época como en el periodo romántico.[9]


[1] Dussaillant, Chantal (s.f): “Vampiros en La Antigua: asedios de la modernidad centroamericana” [en línea], p. 38. Disponible en: http://2010.cil.filo.uba.ar/sites/2010.cil.filo.uba.ar/files/5.Dusaillant-Iba%C3%B1ez.pdf

[consultado el 9 de mayo de 2016]

[2] López González, E. (2005): Op. cit., p. 147

[3] Ibídem, p. 159-163

[4] Ledesma, Agustina (2009): “La otra orilla de lo fantástico en Julio Cortázar” [en línea] en Actas del II Congreso Internacional Cuestiones Críticas. Centro de Estudios de Literatura Argentina: Rosario, p. 7. Disponible en: www.celarg.org/int/arch_publi/ledesma_acta.pdf [consultado el 9 de mayo de 2016]

[5] Reid, Annea (2010): “El vampiro sudamericano: parásitos y espectros en los cuentos de Quiroga” [en línea] en Espéculo. Revista de estudios literarios No. 44. Morelos. Disponible en: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero44/vampquir.html

[consultado el 9 de mayo de 2016]

[6] López González, E. (2005): Op. cit., p. 177

[7] Ídem

[8] Ibídem, p. 20

[9] Ibídem, p. 17