Conferencia de vampiros(1987)[1] es un libro de prosas breves de Francisco Segoviaque tienen como nexo la figura, ya desarrollada o solo aludida de manera tangencial, del vampiro. Haremos mención sólo de algunas de estas prosas, las que son de interés para determinar la descripción que del personaje mítico se hace en la obra.

Es interesante señalar primero una apreciación del autor en su prosa “Explicación del médico”[2] que parece inédita: el hecho de que los vampiros y los virus compartan las cualidades de no estar ni vivos ni muertos y estar dedicados a una sola y única actividad: “morder y producir otro ser idéntico a él”.[3]

En “Historia del obsesivo”,[4] un vampiro que se ha limitado a una dieta de gallinas para no herir a la mujer de la que está enamorado no resiste que esta mujer le reproche su timidez ante su cuerpo, y es así que se le abalanza al cuello haciéndola gemir, gritar y llorar hasta hacerla desmayar. Luego siente nauseas de su acto y decide autorecluirse.

“En fe del testigo ocular”[5] un chico que asesina a su prometida con un cuchillo recibe la visita de ésta en sueños trasformada en una vampira “amorosa y ondulante” que recuerda a Lilith. La vampira lo trenza en un “nudo sexual” como si tratara “de engullirlo en su seno”, del cual no le es posible escapar. Cuando el hombre es condenado a ser fusilado, encuentran que su cuerpo está prácticamente vaciado de sangre.

En “Queja del entumido”[6] un vampiro se lamenta de los interiores incómodos y decadentes de las casas de interés social contemporáneas, añorando el lujo y la amplitud de las habitaciones de otros tiempos.

En “Monólogo del maldecido”[7] un vampiro se duele de su condición marginal y de su destino de ser un despojo condenado a un cuerpo corrupto que no puede mirarse y debe esconderse en la oscuridad, existiendo como un ser incompleto que esparce el hedor y vive de manera incompleta en la miseria, el horror y la vileza: “yo soy la cacería matemática del cruel, la imposibilidad de que el débil sobreviva al fuerte, la saña de todo lo que es innoble, la enfermedad de que no muestra nunca el rostro, la enfermedad…”[8]

Estos vampiros que habitan los cuentos de Segovia comparten rasgos típicos con los vampiros de la literatura que ya conocemos: pueden convertir a otros en vampiros dándoles de beber de su sangre,[9] son pálidos,[10] no se reflejan en los espejos,[11] son enfrentados con cruces[12] y mueren siendo traspasados por la clásica estaca en el pecho[13] Aunque también pueden llegar a mantener una muy discreta distancia respecto a otros vampiros literarios: el vino les es funesto[14] y no se trasforman en murciélagos (lo que el autor considera ridículo por ser indigno de la “seriedad” de un personaje de la altura de Drácula[15]).

            Finalmente, algunas prosas establecen intertextualidades con obras clásicas en donde aparecen vampiros, como el poema de Gilgamesh cuyo padre es el vampiro Lillû, Drácula al rescribir algunos fragmentos del diario de Jonathan Harker, o La muerte enamorada de Gauiter que se usa de referencia para el “Relato del amante de la amante macabra”.


700 Segovia, Francisco (2000): Conferencia de vampiros. Ediciones sin nombre: México.

701 Ibídem, pp. 9-13

702 Ibídem, p. 13

703 Ibídem, pp. 15-21

704 Ibídem, pp. 23-25

705 Ibídem, pp. 45-47

706 Ibídem, pp. 93-97

707 Ibídem, p. 97

708 Ibídem, p.18

709 Ídem

710 Ibídem, pp. 37 y 94

711 Ibídem, p. 77

712 Ibídem, p. 49

713 Ibídem, p. 17

714 Ibídem, p. 37