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Los pies de mi primo caminan siempre descalzos por los pasillos de mi imaginación, donde tienen sendos altares en que son venerados con caricias de bálsamos, ídolos de oro. Yo quisiera recorrerlos en un masaje con los dedos languidecidos y codiciosos; reconocer como propios cada pequeño pliegue, cada uña cristalina recortada tan pulcramente por él. Pies felices como flores que no tienen reparo en ofrecer su exquisito olor a naturaleza. Un cosquilleo eléctrico recorriendo su médula habrá de sentir cuando mis manos cambien su lugar a esta boca donde puedo introducir, por completo, los cinco dedos de cada uno de sus pies y limpiarlos de cualquier impureza, haciéndolo relajarse, para que lenta y plácidamente se quede dormido, mientras yo lo miro y cuido su sueño, echado como un obediente perro a sus pies.

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