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Quisiera acostarme con mi primo en una misma cama estrecha a fin de que yo deba dormir sobre él. Las horas antes del amanecer gastarlas en atesorar su olor en el fondo de mi entraña; besarnos hasta dolernos los labios. Que el alba nos descubra enraizados de lengua, manos calientes y planes. Que, apuesto como es, me haga receptáculo de sus fluidos, y que esa sensación me deshaga. Quisiera diluirme en los sueños espesos con que sueña en la mima habitación que yo, bañarme la piel con su saliva, lamerle el pecho terso y claro, calmar mi sed en su boca palpitante: impregnar la mía de su humor, de su fina y tibia humedad… Al fin que compartimos la sangre… ¡Haremos crecer flores y frutos carnosos en el árbol genealógico de nuestra familia!

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