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La despreocupada diversión de la juventud nos vence a todas horas: bañándonos en el frescor del río, jugueteando con plateados peces que por momentos nos rozan los genitales; en la ducha donde jugamos a golpearnos los glúteos con franelas, dejándonos marcas que decimos de propiedad, o a estirarnos los calzoncillos hasta romperlos; dando de comer a la tórtola migas de pan con la palma extendida; asustando con inocencia al cervatillo cuyos ojos son como tembloroso rocío; contándonos historias fantásticas del oro al final del gran arcoíris que parece estar echo de sueño: que tiene los colores con que nos teñimos las horas, que se tiende como una sonrisa inversa sobre el luminoso y vivo horizonte de los ámbitos ya explorados por nosotros. Él y yo: dos exploradores que no se cansan de recorrer esas zonas permitidas del otro que, en entrañable comunión, nos causan tanto placer a los dos.

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