4

Veo tu puerta abierta a la maldad y más me doy cuenta de la fe ciega que necesito resucitar con besos falsos. Tu amor será mi fin, el único esperado.

El frío de las decapitaciones es cada vez más lejano, más nuestro; y las trompetas sagradas del oro ¿dónde llorarán la patria menguante? Recoge todas las lamentaciones del hoy. El pavor sepulta ya a mi pobre corazón, espiga tronchada, tierra baldía de nadie.

Desesperanza absoluta, dame valor; dame un poco de latidos prohibidos y olvida que yo no tengo siquiera un nombre.

5

Entre la sonrisa de lágrimas rosadas y el hierro ebrio en dolor, no hay sino una garúa enferma de tos, tan dichosa y tan difícil de regresar a casa.

Porque yo hice todo por ti; pero ahora tú mueres en tus propios estigmas de ceniza, en la serpiente de azufre que se arrastra dentro de ti como en una tumba.

¿Cómo no vivir en tribulación exagerada? Cesaron de existir las canciones que volaban en los cielos de toda melancolía.

Porque el sabor del veneno en tus labios es el de una cruz de clavos oxidados.

6

Estos poemas disonantes no pueden ser capaces de nada que no se parezca al horror. Sólo queda cerrar los ojos al día y abanicarnos en la perpetuidad del Mal.

Golpea ya en el torrente de la discordia. Estoy siendo por ti un tren de sollozos, una nada descomunal que quiere enamorarse del amor que rompe toda posibilidad.

Todo cisma es estrictamente necesario a mis brazos se abren al fin de tus tiempos. ¿Me dejarás aplastar tu corazón? ¿Me dejarás abrir tus puertas a la muerte?

No dejemos ir a mis ojos castigados ni nos calcinemos al sol de tu barbarie.

Porque cada vez que mientas bajo la noche abriré otro surco en mi piel.

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