Cara iluminada por artificiales estrellas,
torso sudando al vapor de cálidas emanaciones,
cuerpo como un tallo que madura
su deliciosa juventud que es ahora el centro de atracción
de apetitos lascivos e intensos.
La pista se dispone en su totalidad.
¡Acción!

Y allí está él,
astro que hace explosión de talentos,
fama, flexibilidades, cadencia:
gracia y sensualidad que se desatan
como un demonio de una contorsionada botella de licor.

Nadie mira a la multitud que fuma, aplaude, sonríe enardecida.
Todo lo llena el bailarín, esclavo y amo imposible de una canción,
héroe y semidiós creador de un instante
en que espectador y artista se vuelven, más que partícipes,
mártires de la codicia de una extraña dimensión mágica
que es motivo y fin de la fiesta.

Más el motivo que el fin;
más un principio que no termina.
Porque cada noche, en cada oportunidad,
el bailarín se da a sí mismo en un momento en su grandeza inapelable,
irrepetible.