Fluyen mis manos en tu tronco
como dos ríos, mojándote, haciéndote reír.
Es mi cuerpo de tierra, mi geografía de sangre,
mi palabra de pájaros lo que amas de mí para que pueda
acariciar tus cortinas de terciopelo, lamer tus bembos de cereza,
abrirte como un telón, tocar tus paredes internas.

Te abrazo en este mar de objetos al aire
donde está todo suspenso. Eres lo que permanece:
árbol al que me aferro, mástil que dirige mi barco a tierra firme,
verga imantada de regresos.

Te encuentro seguido de una cauda de polen, ámbares,
sonidos corporizados y piedras preciosas,
brillando como un follaje de fosforescentes algas:
mi bosque de símbolos.

Fluyo en ti exquisitamente, fuerza hermafrodita,
confort del río en su cauce, cofre que resguarda el tesoro;
medicina de glicerina, alcanfor, menta y alcohol.

Me desnudo ante ti estremeciéndome entero,
conteniendo tu sístole de ojos insomnes.
Me hablas con signos que intuyo ofuscado,
voz que me penetra con su luz, lumbre dignificante.

Alba sexual: carne que se palpa, inocencia que se acaba.