Efecto Luzbel (Acento, 2023) es nuevo libro del muy prolífico y persistente autor tapatío Arturo Accio, que en el contexto de Guadalajara se ha vuelto un verdadero referente de la contracultura literaria. Empezando a publicar libros desde los primeros años de este siglo XXI, Accio ha explorado el satanismo, lo gore, lo depresivo, lo abyecto, lo deforme, lo gótico, decadente, entre una variedad creciente de estéticas y estilos que entienden todos al final que este mundo es un lugar sombrío, triste, inhóspito, donde la esperanza parece estar desterrada.

            En este sentido, Efecto Luzbel me recuerda el proyecto iniciado por Accio con La sinfonía de los perdedores (2002) de una poesía urbana enfocada a ese aspecto malnacido, patético, deprimente e infeliz de la humanidad y, más específicamente, la sociedad enajenada y enajenante en la que vivimos, que nos ata al hecho de usar máscaras, pretender ser exitosos, haber encontrado la felicidad y ser un engranaje más de una máquina post-capitalista que nadie entiende y que simplemente parece ser un horrible infierno. En este sentido, cobra sentido el título del libro, ya que los personajes inventados por Accio en los poemas de este libro parecen ser víctimas de sus propios demonios, acaso por ello los verdugos de sí mismos, al someterse a las estructuras, no cuestionar y someterse a sus realidades opresivas al grado de aplastar su individualidad, su amor, su vida entera ya sin remedio.

      El autor

     Quien ha seguido la trayectoria poética de Accio, entiende que ha llegado a un momento de madurez en el que las figuras retóricas y las frases son más afortunadas en el sentido de deparar mayor sorpresa; y que también ha adquirido el don de los buenos y excelentes finales del poema, que nos dejan atados a una buena impresión y un buen sabor de boca. En cuanto al nivel estilístico, Accio es de esos que parecen vomitar el poema, en el mejor sentido de las palabras, por ello abundan las uniones de versos con comas, porque los poemas son una especie de espiral en descenso en el que al final solo nos encontramos más vacíos que siempre. Una caída de la que, como Adán, ya no podremos recuperarnos nunca.

            Desde el primer poema del libro, “Aprendiendo a ser fantasma”, se nos recuerda nuestra condición de ciudadanos grises (que todos, sin excepción, lo somos), algo muy incómodo para la gente que se dice llamar “positiva”. Accio escribe en un excelente verso: “estoy en búsqueda del departamento de devoluciones para regresar mi alma”, pues lo que metafísicamente llamamos alma parece estar vendida desde antes de nuestro nacimiento a Luzbel, esa figura mítica que es la vez luz, pero que nunca es de fiar, pues, cuando le vendes tu alma, indefectiblemente ha de jugarte chueco, al respecto de lo cual hay una larga tradición literaria desde el Romanticismo europeo.

            En Accio los poemas causan cierta ansiedad que se puede emparentar con la imagen de la asfixia a la que el autor recurre en varios momentos. Los que hemos sentido ansiedad patológica llegamos a experimentar esa sensación como un ahorcamiento que nos despoja del aire. Y no se hable de los insomnios, lo que también se tematiza constantemente en el poemario. Los habitantes que pueblan la imaginería de este libro son así: conscientes de su miseria, pero al mismo tiempo conformados con ellas, tal vez porque ya no tienen otra oportunidad de nacer o porque nacerían dentro del mismo mundo condenado, ya que tal vez no hay otro posible. La humanidad siempre ha tenido una faz opaca, indigna, que probablemente sea la mayoría de la gente. El heroísmo, si existe, es para unos pocos privilegiados que también tuvieron su lado oscuro.

            La evaporación y fragmentación del yo, la falta de control, el terror y dificultad de vivir, las circunstancias que nos rebasan, el tormento autoinfligido, el cansancio de estar despiertos, la náusea del mundo real, la falta de algo excepcional, “la abrupta bajada cada vez más insoportable”, la sensación de ser perseguidos por el final, la toxicidad de las relaciones y de los químicos con los que se busca inútilmente el placer, lo sueños que no se pudieron realizar, la falta de espíritu, los bajos mundos, los lugares lúgubres “donde el amor no tiene señal”, el encerramiento en uno mismo, la realidad aplastante, “Nosotros los hechos en serie”, el desbaratamiento interior, los “ojos que no miran nada con asombro”, la ausencia de salvación, el atesoramiento del dolor dentro sí, son imágenes poderosas que, desde Charles Baudelaire, atraen a una estirpe de poetas de los que Accio es heredero. Imágenes sin duda feas, pero “donde igualmente existe la poesía”. Y que hacen al poeta expresar versos prosaicos magistrales como: “¿Quién diablos les dio permiso de asesinarme a diario?” o “la depresión es un cuclillo sin filo / rasgando desde dentro”; y fungir como una especie de “catalizador de la maldad”, aun a sabiendas de que la poesía no asegura la sanación, aunque no por ello se desista del ejercicio poético: “hay veces que repito un poema para probar mi cordura, / para intentar conservar lo que me queda de lucidez”; pero que de todos modos es un ejercicio cansado, con poca rentabilidad y muchísimo esfuerzo pagado con sudor y sangre, y que lo hace enunciar: “ruego por una última clemencia:  /la de poder desconectarme un par de horas.”

La última parte del libro, “El Sibilante”, es una especie de macrocosmos épico, regido por leyes míticas, donde el sujeto experimenta su pequeñez ante lo monstruoso que puede llegar a ser la divinidad, una especie de viaje onírico lúcido, donde entidades descomunales como Gi’suouo o el mismo Sibilante (entidades ficticias inventadas por Accio) se presentan como seres devoradores cósmicos como los que soñó alguna vez H. P. Lovecraft.

No cabe duda que los amantes de este tipo de poesía disfrutarán mucho de esta lectura, que estará disponible para todos los seguidores de Accio desde este mes de noviembre. Interesados en adquirir una copia, puede escribir a las redes sociales del autor.