La actual diseminación de la pandemia del Covid-19 ha generado cambios en las dinámicas de vida gran parte la población mundial. En México, desde los altos mandos hasta las poblaciones más marginadas, no nos hemos visto exentos de este proceso. Si bien, la inseguridad, la crisis y la desestabilización fueron notas distintivas de las primeras y semanas de la pandemia, actualmente es posible que estemos en un proceso de readaptación, desde los aspectos básicos de nuestra vida cotidiana hasta las relaciones de trabajo a nivel social y global.

            Muchos de nosotros, a causa de la desadaptación a nuestro ritmo de vida exterior, público y vertiginoso, hacia formas más pasivas de confinamiento y distanciamiento social, padecimos durante los primeros días de la crisis problemas de desajuste emocional caracterizados principalmente por trastornos de sueño, frustración, ansiedad, depresión y reactivación de adicciones; así como incluso cambios físicos dados por la desaceleración de los ritmos de vida como aumento o pérdida de peso. Que estas angustias no hayan sido en vano.

Los artistas debimos adaptarnos a este nuevo ritmo, regresando el espacio vital del seno doméstico a su carácter de estudio personal. Así hemos indagado en formas de trasmisión a distancia para nuestros trabajos, como las clases en línea, las discusiones en foros virtuales, los talleres por medio de videoconferencias o correos electrónicos, las presentaciones por videos en vivo o en plataformas web especiales, el incremento de la actividad en las redes sociales electrónicas, la gestión por medio de trabajo de oficina en casa, entre otras formas; aprendiendo en el mismo proceso formas de diversificar la creación y su difusión. Hemos tenido que hacer este aprendizaje sobre la marcha, cometiendo a veces errores en la gestión el uso de tecnologías antes desconocidas para nosotros. La creación artística y la discusión intelectual han recobrado una relevancia en los medios virtuales que, a mi parecer, antes no tenían: se ha inundado la red electrónica de convocatorias, publicaciones emergentes, tertulias y actividades literarias, editoriales y artísticas a distancia. No dejemos de ver la gran oportunidad que se abrió. Aprovechando mejor estas tecnologías, bien podemos economizar recursos materiales, técnicos y humanos, en beneficio de nuestras precarizados presupuestos culturales. No olvidemos lo aprendido.

            Los procesos artísticos de igual modo han cambiado en razón de las necesidades adaptativas y de los temperamentos particulares de los artistas. Este cambio de paradigma nos lleva a la necesidad de mirar al pasado, a otras crisis globales, a otras pandemias, para aprovechar las experiencias codificadas en el arte y nutrir las propias. Se vuelve del mismo modo imperante la documentación de esta experiencia actual en nuestros contextos para legarla a la posteridad, y pueda servir no sólo de registro histórico, sino como fuente de inspiración para otros futuros críticos. Aportemos en lo posible esta memoria que el futuro agradecerá. Espacios de trabajo colectivo como las bibliotecas y los centros culturales no deben bajar la guardia y ceder ante el olvido la cultura y el pensamiento. Hay inteligencias deseosas de aprovechar esta crisis para enterrarlos de una buena vez. ¡No lo podemos permitir!

            El tiempo se rige ahora por otra lógica que la humanidad no había conocido desde las grandes crisis mundiales del siglo XX. La vida por momentos parece aletargarse, detenerse, sostener una nota que parece alargarse en el delirio. Sin embargo, algo clama: la necesidad por seguir viviendo. Esta pausa nos motiva a reflexionar sobre nuestro propio futuro, sobre nuestro modo de estar y ser en el espacio y en el tiempo. Así, hemos tenido que operar modificaciones en nuestras dinámicas de subsistencia, desde el autoempleo a causa del paro laboral, el trabajo desde casa y a distancia debido al cierre de centro de trabajos, el aumento de servicios free lance por la precariedad de las ofertas laborales y la incursión en nuevos cambios de acción, acudiendo a habilidades adormecidas o de lleno aprendiendo nuevas. Más allá de la duda y el miedo, esta crisis nos ha fortalecido como humanos de acción.

            Nos hemos también enfrentado a una nueva relación con el propio cuerpo y la gestión de los autocuidados. Normalizando o aumentando ciertas medias de higiene, reaprendimos la fragilidad de la vida, tomado una conciencia más clara de la exposición a la enfermedad. Hemos visto o sabido de alguien conocido que ha muerto a causa de la pandemia, lo que nos ha causado pavor y preocupación. La sexualidad se piensan ahora de otro modo: ya como remedio para la ansiedad en la masturbación que, según estadísticas, ha aumentado como válvula de emergencia debido a las necesidades de distanciamiento; ya retomando las relaciones sexuales seguras para paliar el aburrimiento y la falta de otras opciones de diversión. En todo caso, las cosas tampoco son igual en este terreno. Que no vuelvan a serlo, si antes había descuido, represión o negligencia en estos ámbitos.

            En el seno de la política, la juventud ha agudizado la conciencia que parece haberle despertado en tiempos recientes. Y es que los jóvenes no quieren  regresar a una normalidad insana en la que imperaba el abuso, el acoso, el sexismo, la homofobia y el racismo. Las discusiones políticas en torno a las construcciones genéricas, de poder y de clase se han avivado y están nutriendo una generación de chicos que, si bien despiertan a nuevos paradigmas de relación con el mundo, tropiezan constantemente con ellos en un mundo acostumbrado a la desigualdad. Deben luchar incluso contra sus propias interiorizaciones jerárquicas, sus prejuicios familiares y religiosos. Lo que no es fácil. Demos la lucha. Es el momento preciso.

            Que esta pausa

(Desaptación —– > Readaptación)

sirva para no regresar, de terminar la pandemia, a una normalidad que nunca fue sana.

Celebro por tanto las intensificaciones a las campañas de la salud pública contra el abuso en la ingesta calórica, contra el engaño publicitario de los alimentos causantes de problemas de salud como obesidad, hipertensión y diabetes. Y celebro del mismo modo la toma de conciencia oficial en materia de salud mental. Sabemos que hemos producido una generación de jóvenes y adultos jóvenes en los que los desequilibrios de la personalidad y la desregulación emocional aumentaron exponencialmente en comparación a generaciones pasadas. Hagámonos cargo de ellos. Veamos posibilidades de agenciamiento para la locura apabullante: terapias ocupaciones, grupales, por medido de la palabra, por la catarsis artística y deportiva. Pero no dejemos que estas desorganizaciones afectivas nos cobren una factura más alta, hasta la auto-aniquilación.

Celebro de modo particular la autogestión de amas de casa, estudiantes, familias precarizadas, maestros, colectivos de resistencia, promotores de la salud y la cultura, entre otros que, lejos de vencerse por la inacción y dejarse arrastrar por la negatividad, se han adaptado a nuevos paradigmas emergentes no sólo en la lucha por la supervivencia, sino también en el aprovechamiento de la experiencia en favor de la mejoría de sus condiciones de vida. Y que han sabido leer en la emergencia la oportunidad de seguir con su proyecto de autorealización.

            Una vez que nos sea permitido, no deseemos regresar a un seno escolar o laboral en el que la explotación, la humillación y la corrupción eran normales. Regresemos revividos como por un agua purificadora que, ahogándonos durante lagos meses, por medio del choque nos cambió algo en las neuronas y los nervios. En la actitud. Muchos grandes cambios del pasado se hicieron aprovechando las contingencias.

            Pero, poco a poco, seamos pacientes. Tampoco caigamos en la cara opuesta de la moneda, como nuevos fascistas de la liberación. Sin el odio radical que sólo engendra más odio y no da oportunidad al diálogo, al debate necesario. Es difícil. Lo sé. Pero los que aún somos jóvenes sabemos que valdrá la pena, cuando hayamos llegado a viejos y podamos vivir en un mundo un ápice mejor, donde podamos tener algo más de paz y confort que nuestros actuales viejos olvidados, muertos en la miseria.

Es necesario desadaptarnos. Sí. Desadaptarnos. Ir dejando la vieja estructura de esclavitud, odio, soledad, marginación, dominio y vejación de la naturaleza, para ir cediendo a una nueva piel, que haya recuperado su pureza y brillo ante la faz del día, y con ella lucir como seres trasformados por esta crisis. Para que no sea en vano. Para aprovechar de la malignidad la oportunidad que nos da de reivindicación.

Desadaptarnos: desquiciarnos un momento, experimentar si es necesario la cólera, la rabia por lo que debimos soportar, por lo que no tuvimos o perdidos. Y luego, relajados, mirar al nuevo mundo que emerge y enfrentarlo con una sonrisa lúcida y esta vez sincera, salida del caos.

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