Alguna vez dices: “quiero”
y tu pecho se hincha de vehemencias,
tu corazón redobla con más fuerza en las tinieblas,
tus músculos se ensanchan apenas perceptiblemente
y un benigno rubor se instala en tus mejillas.
Tus pupilas aprenden las dimensiones de su plenitud.
Alguna vez, alguna vez…
(Y es como cuando se enciende un cerillo
para intentar iluminar la tempestad y su estrago.)
Nadie es tan fuerte para tolerar la fortuna.
A nadie perdona la ley brutal del natural orden.
Inútil exaltarse, hacer las danzas, los gestos,
los ritos para atraer la prosperidad. Inútil convocar la magia.
¿Qué vas a desear?
¿Un antídoto para la congoja que te consume?
¿Un manual para sobrellevar más dignamente la existencia?
¿Una vida más corta? ¿Un miedo más soluble?
Mira tus manos rezando hace ya tantas noches,
tus rodillas hincadas sobre incómodos guijarros
y ese rostro fatigado que envejece y envejece.











