No se trata de declarar potestades
mediante vigorosas pruebas de dominio carnal.
No es por medirnos la fuerza como dos Hércules que pelearan
por un territorio de olivos, vergeles, doradas riquezas.
No es tampoco por exhibir elasticidad en rito animal.
Pero, ay, a veces nos trenzamos como gladiadores
y, tumbados en el suelo, forcejeando, nos jalamos cada prenda
queriendo arrancarla en urgencia incontenible;
ponemos a luchar los labios y nos quedamos así,
por horas y horas, combatiendo contra nuestro propio deseo,
dejándonos leves mordiscos en la espalda,
círculos morados junto al pezón.

Todo le hace la guerra a nuestro amor.
Más ninguno pierde. Todo es un deporte que, atletas, practicamos,
bajo las columnas bien sostenidas del placer…
Hasta que uno finge rendirse.

Entonces, uno invade al otro
como a ciervo que es bueno de cazar,
muchacho flechado por Cupido, ya traspasado de jabalina.

Atendiendo la palpitación de nuestro ser,
sentimos la gloriosa elevación del espíritu.

Presionándonos la mano con ímpetu,
entramos juntos a las puertas del Olimpo.

Gritamos al derramarnos en cantidad;
saboreamos ese jugo oneroso que nos viene del alma,
que nos recorre con su espesura deleitosa.

Entonces uno puede golpear en señal de victoria
con la palma la carne contraria.

No, de esa manera no: suavemente.