Por una y otra vez, nuestros ojos dirigen sus rayos al albor y,
como un gas, la noche parece disiparse a nuestra espalda.
El sol inicia la lenta cabalgata que nos cansa.

No importa cuánto intentemos;
el miedo es el bosque monumental al que siempre volvemos,
la oscura catedral por la que nunca dejaremos de ser culpables.
El miedo vivifica la desconfianza,
los vergonzosos errores del pasado,
los monstruos de la infancia que hibernaban bajo la cama,
la torpeza de la adultez a la que estamos resignados;
más todo lo que nuestro nombre nos señala de pecado,
de padecimiento, pereza e irrealidad:
todo lo que nos pesa como trozos de hierro en los bolsillos
y que llevamos como prendas más, no desprendibles.

Tiembla nuestro pulso
y todo el corazón sangrante se congela una y otra vez.

Por eso la vida es hermosa.
Y lo amamos.