El primer tufo del experimento tardío de las vacas adolescentes alberga en su jocoso espíritu un delirio de cadáveres inútiles que devoran el suburbio de clases judiciales en el crespo vaivén de las huidas arborescentes y nítidas que logran coronar mi plenitud en la vehemencia del claustro inmaculado y traslúcido sin que la higuera de tórtolas resolutas e indiferentes escape al trance de quienes abigarrados en el extremo de un plenilunio juicioso prestan su jacinto a un tío habitado de esperma hilado a la manera de los mismísimos trenes glotones que hasta el kilometraje invicto se retrasan por la manifestación de robustas patrias de maquillaje envuelto en simetrías irreverentes ya caducas o ahora tiránicas cobijadas bajo el respeto de gladiadores yuxtapuestos en la miseria abundante que quiere salar un trozo de óxido cuando hay que contradecir al culpable que frena el verbo estar en su máxima resolución hermafrodita y azulina si no cabalga en hijos indefensos ante la harta estría silábica frenando un misterio sin poderes semejantes a iones largos cuando el viento alimenta el bosque y sus tigres que son fuentes oligofrénicas bañadas en la forma de esos gorriones empacados en sus propios trajes abolidos por la frontera imantada de jacales que sobran antes de la hacienda tutelar porque es plena de vibratorio miedo total parecido al resentimiento de estar colgado y emparedado entre flechas que a nada engullen sino una alfombra básica estando hincada y sumisa ante la sapiencia harta de nuevo hasta el frenético mar de aquelarres lentos y pesados que albergan la muerte en cada esquina por el placer de gobernar tu jirón de zapatos violentos tan plácidamente si no nos guían al primer espasmo ancestral de calidoscopios torcidos comiendo un ajo explotado hasta la menor nube en fa menor considerada por su luminoso espacio que aplasta esos huevos en su flácida representación de bigotes azufrados y miles de vendimias vigentes al poniente saludador de manantiales e invictos de Dios en la guerra del verano de hilos suficientes para enterrar su sinfonía que habré saltado lo mismo que veinte océanos jóvenes y fríos cuando su túnica de salmón plateada vislumbre cada mínimo terreno galante sin algo oprimido por un acta de alboroto al que es necesario replicar huyendo de sátiras transeúntes deliberadamente hostiles alrededor de este paraíso donde clavas trece gusanos a mi escarmiento que no es igual a la trepanación de un grito violeta que hace como nueve torpezas que advierte a nuestro parecer un sin fin de volcaduras hacendosas porque valen lo que Judas si no presionas a su síndrome taciturno de ácidos volcánicos analfabetas y dementes en tonos que da pavor enamorar o incluso girar hasta el vértigo clerical de su mismo esplendor volcado hasta siempre si antes no regresamos con irreversibles multitudes en claras huestes delirantes haciendo un turbio proselitismo de caballos agridulces que es preferible omitir a amar blandamente vislumbrando infiernos voladores que escapan ante mí sin estar siendo acosados ante la voluntad del místico fruto de jugos gástricos gozosamente hechos para este sentido vicioso permutando un frasco de pastillas cubiertas de cien ilusionistas que aspiran a viajar hasta la casa de ella que cuida buenas jorobas floridamente acomodadas entre los mismos muertos celestes proyectados a la inversa de las realidades que se jactan de trasponer claras tempestades del oriente mayor.

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