Tu hermosura me destruye.
Como una visión cegadora,
me hace voltear violentamente
y mirar hacia lo que se puede comprender.
El amor me sostiene en éxtasis,
me traspasa su luz dolorosa,
me hiere su indecible verdad,
me mueve en un giro de tan quieta plenitud.
En vano te persigo.
Tu sexo, tu aliento, tu nombre: trinidad de lo imposible.
Un ejército de ángeles resguarda con espadas de fuego
cada gruta dorada de tu cuerpo,
vigila el milagroso acontecer de tu crecimiento,
el sedoso tacto de tu revelación.
Cruel parásito de mi conciencia, estrujas mis sentidos,
pones en mi boca una palabra muerta,
algún gesto de Cristo desfallecido.
Pones a mis pies alas invisibles,
me haces ser crucifijo andante.
Te di mis brazos y los echaste a los perros,
te di mi corazón y lo quemaste con la hierba,
con mi cabeza has hecho una pelota
tan dura como una piedra.
Y ahora que nada tengo, todo aún te ofrezco:
todo este amor palpitando sin recipiente,
flotando por su propio peso.
Si alguna vez muero como ahora,
alguno entre la multitud habrá sido testigo.
Allí, sólo allí, en su corazón,
como vino escanciado en una copa,
vivirá el resplandor, el ademán ausente.











