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La escritura vampírica de Carlos Fuentes

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En su papel de crítico de la historia y de la hegemonía de la cultura occidental, Fuentes ha elaborado lo que en opinión de Matías Barchino Pérez es una crítica del tiempo. Esta crítica del tiempo (el tiempo es uno de los temas fundamentales de la narrativa de Fuentes) parte de “la necesidad de recuperar activamente el pasado atendiendo a las percepciones distintas del tiempo”[1] lo cual supone, en palabras del mismo Fuentes “una relaboración de los conceptos de temporalidad y del papel del lenguaje y de la imaginación en una redistribución del reparto de las civilizaciones de acuerdo con tradiciones más profundas y menos efímeras que las nuestras.”[2]

Siguiendo al crítico que hemos escogido como punto de partida, Vlad, una de sus últimas historias, además de continuar la escritura fantástica del autor, reitera el tema profuso, tratado insistentemente en su obra, de la densidad histórica del tiempo. Fuentes se sirve en Vlad, como lo he señalado, de ingredientes prototípicos del relato de terror tradicional para plantear el tema del tiempo, que le es dilecto. Y es que el vampiro es uno de los “inmortales” de Fuentes, figuras que pueblan recurrentemente su obra. Pero, ¿quiénes son esos inmortales? El mismo Fuentes lo aclara: “Los que vivieron mucho tiempo, los que reaparecen de tiempo en tiempo, los que tuvieron más vida que su propia muerte, pero menos tiempo que su propia vida.”[3] Así pues, en la obra de Fuentes encontramos criaturas de fuerza sobrenatural “que actúan como guardianes o vigilantes del tiempo, y transitan por el tiempo perpetuando conflictos casi siempre ligados a crímenes o rituales de sangre.” Esta es la situación inicial de buena parte de sus cuentos de miedo y fantasmas.[4]

No es la primera vez que Carlos Fuentes hace uso en su narrativa se seres sedientos sangre; y en realidad Fuentes confesó que desde niño se sintió atraído por los vampiros.[5] Una importante alusión al vampirismo en la narrativa de Fuentes estaría, según Margo Glantz, ya en Aura (1962). Para esta crítica la historia es una exploración de las fronteras entre la realidad y lo sobrenatural, así como de esa zona del arte en donde el horror se vuelve hermosura.[6] Glantz suscribe la idea de Octavio Paz, expresada en Corriente alterna (1967) de que la vieja y tiránica bruja de la narración es una relaboración del viejo tema vampírico.[7] En este sentido Glantz nos recuerda que ya Lilith, la primera vampira de la mitología, tiene características de la bruja; para esta autora no cabe duda de que el tema de la bruja y el del vampiro se conjugan en la figura de Aura, e insiste en ello más de una vez. Explica su idea afirmando que la víctima de esta bruja-vampiro, Felipe, se llama igual que aquellos diablos que según la tradición medieval solían tener comercio carnal con las brujas, los cuales eran llamados Felipes; sólo que en Aura ese ayuntamiento carnal está caracterizado más a través del simbolismo de la sangre como vehículo de comunión: “Aura vierte un vino rojo y espeso y sirve una mesa diaria de vísceras sangrientas, en ceremonia reiterada, que luego perpetra desollando a sus víctimas invisibles frente a un espejo que parece no reflejarla en su realidad cotidiana, sino en la del aquelarre infinito.”[8] Aquí la marca del espejo que no refleja a la bruja nos da una correspondencia inequívoca con el tema vampírico; la asociación entre ambos adquiere sentido cuando se conoce que ambos, bruja y vampiro, son figuras diabólicas repugnantes a la vez que atrayentes, ambos son positivos y negativamente alternativamente.[9]

En Cumpleaños (1969) y Una familia lejana (1980) encontramos diálogos intertextuales relacionados con el consumo de sangre y la obsesión con la búsqueda de la inmortalidad,[10] temas relacionados con el vampirismo. Alusiones al vampirismo son encontradas también en obras suyas, más complejas, en las que el tema de los vampiros no aparece sin embargo a simple vista. Por ejemplo, en Terra nostra (1975), aunque nunca se menciona la palabra vampiro, hay una escena donde la Señora, Isabel, se vuelve un murciélago;[11] además de que la noche, la sangre y los colmillos configuran allí una relación semántica que recuerda mucho al vampirismo.[12] Para Xiomaera Feliberty-Casiano llama la atención la relación de estos varios elementos vampíricos con los atributos mágicos de la palabra (“en las membranas de su nuevo cuerpo convocado por las palaras” o “gracias al poder de las palabras me podré ahora alimentar de la muerte misma”),[13] lo que puede tener sentido para la elucidación una poética de la escritura de Fuentes implícita en su obra. En Una familia lejana (1980) hay un personaje fantasmagórico, de piel pálida, que pestañea como herido por la luz, llamado Branly, del que se puede pensar claramente que tiene alguna relación con el vampirismo; y el personaje-narrador-protagonista actúa como un vampiro que se alimenta del conocimiento universal.[14] Por su parte, en Cumpleaños (1969), novela corta en donde se representan la complejidad el tiempo, el cuestionamiento sobre la inmortalidad y la rencarnación como tema recurrente, encontramos elementos del vampirismo, aunque ningún vampiro aparezca de manera concluyente en la obra. Es sugerente a este respecto que la maldición que conecta a los personajes de la obra se materialice a través de la sangre: los diversos personajes, que son uno mismo, tienen una herida que ellos mismos se provocaron en el antebrazo para sellar un pacto y unas rencarnaciones. Feliberty-Casiano llama la atención acerca del hecho de que esta herida esté hecha con un estilete, instrumento originalmente usado como bolígrafo y que es incisivo como un colmillo. Se asocia, entonces, por una proximidad de símbolos, a la sangre como elemento de escritura. La incisión del estilete sella el pacto porque el que los personajes renacen, permitiéndoles conectarse a través de él para continuar un proceso de rescritura en distintos momentos de la historia: vampirismo.[15] La tinta como sangre de la escritura remite nuevamente a una la poética de la escritura en Fuentes. Para Feliberty-Casiano “el uso constante de elementos y personajes vampíricos enmascara una reflexión metaliteraria que podríamos considerar como una metáfora de la literatura fuentesiana”,[16] la cual, para nutrirse, necesita alimentarse de la sangre de otros textos. Esta idea es compartida por Margo Glantz, quien afirma en un breve estudio de este cuento: “lo fundamental es demostrar que toda literatura está hecha de sangre de los otros, del robo, del plagio, y el jeroglífico que se resuelve de otro modo: Fuentes es el plagiario, peor, es el vampiro, pero por partida por lo menos doble.” Así su autor logra hacerse finalmente de una inmortalidad gracias la letra.

[1] Barchino Pérez, Marcelino (2005): “Las criaturas del tiempo: Los últimos cuentos de miedo de Carlos Fuentes” [en línea] en Anales de Literatura hispanoamericana. Vol. 34. México, p. 30. Disponible en: http://revistas.ucm.es/index.php/ALHI/article/view/ALHI0505110029A [consultado el 20 de noviembre de 2015]

[2] Ídem

[3] Citado en: Ibídem, p. 31

[4] Ibídem, p. 32

[5] Feliberty-Casiano, Xiomara (2012): “La sangre de otros cuerpos: El vampirismo como metáfora literaria de la escritura de Carlos Fuentes” [en línea] en Hispanet Journal Vol. 5. Florida Memorial University: Florida, p. 3. Disponible en: http://www.hispanetjournal.com/LaSangre.pdf [consultado el 20 de noviembre de 2015]

[6] Glanz Margo (2006): “Los fantasmas en la obra de Carlos Fuentes” [en línea] en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Alicante, p. 1. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmchh6x1 [consultado el 20 de noviembre de 2015]

[7]             Ídem

[8] Ibídem, p. 4

[9] Ídem

[10] Feliberty-Casiano, X. (2012) : p. 1

[11] Según Feliberty-Casiano, el pasaje: “y la Señora, aleteando, siguió por los mismos aires de Castilla al azor muerto, pero en las alas membranosas de su nuevo cuerpo convocado por las palabras fundadoras de las sabias y adivinas de los albores del tiempo, había vuelo, ávido concierto en la negra lanza de su cabeza y vida en sus colmillos y en sus falanges, gracias, negra luz, ángel caído, que en las noches del patio me enseñaste estas palabras, todo me lo has quitado menos las palabras pero ahora las palabras para mí son todo, ya no podré alimentar mi vida muerta con la sangre de un hermoso muchacho que cebé para ti, mur, pero gracias al poder de las palabras me podré, ahora, alimentar de la muerte misma. El murciélago trazó un nervioso arco sobre el llano y buscó nueva entrada al palacio por el rumbo de las criptas; guiábalo y sosteníalo en su vuelo, vestida todo de luto, la noche agónica” dialoga con el primer cortometraje del cine mudo francés que se relaciona con los vampiros: Loïe fuller, conocida e inglés como Fairy of light.

[12] Ibídem, p. 8

[13] Ídem

[14] Ibídem, p. 14. Para un análisis de la relación de este cuento con el vampirismo, ver este estudio.

[15] Ibídem, p. 8-13

[16] Ibídem, p. 1