En el carnaval
de la vida,
la perfección pendular que liberas de tus trusas:
¡tu pene es para la gula!.
Y en cada degustación suena mi campanilla
anunciando en momento en que endureces más
y extravías la mirada como poseso.
Así la vacuidad no existe. No existe Dios,
porque tú lo has remplazado.
Tu pene es la fortaleza donde me escodo;
sus venas atrabancan
linfas que doblegan al siervo ejemplar,
hincado ante la majestad de la carne en su punto:
el músculo pulsátil y absorto
que colma el galardón de la bebida.
Renunciaría al mundo en el segundo preciso
en que, como ola que revienta, tu juguete de hombre
regresara a su tersura igualmente amada
sin poder volver a educar
mi sumisión a tu placer del día.
Y no pienso
en cuántos penes me habré perdido
sólo por vivir (ninguno como el tuyo).
Por ti toda trayectoria posible se inclina a tu centro,
medida que absuelve esta codicia;
único bastón de mando.
Maravilla de forma y función.











