Hay un muchacho que crece solitario y cabizbajo
en un cuarto cuyas paredes son espejos de deformación.
Su frente está generalmente pegada a un turbio cristal
a través del cual mira la tarde consumirse mas allá.

Sus ojeras conocen la plenitud del insomnio,
de la desdicha que se mide en quebrantos.
Su trabajo es un sacrificio, una tarea terrible y pesada
que lo marca como una cruz de madera a la espalda de un títere.
Su anhelo es un camino sufrido que todos rechazan.

Habla de sí como de un astro distante, inexplorado,
las pocas veces que rompe su perfil estatuario,
de lobreguez congelada. Se comporta como un feto
hundiéndose en una piscina de ácido y hiel,
como sombra desvanecida escondiéndose bajo la cama.

Hay un muchacho que construye un manicomio musical
cuyos cimientos están siendo amenazados.

Su nombre es un grito de auxilio en el tercer mundo.

Y es él mismo su propio antagonista
frente a un descomunal anfiteatro de miradas…