No intentaré describir con palabras
lo que no podrá describirse jamás: el olor.

Las palabras –agradable, fuerte, picante, etc.–
son inútiles cuando se intenta adjetivar lo inefable:
no bastan, fallan, se proponen sin ajustar;
porque lo que quieres nombrar
es sólo un vago celaje en la memoria;
porque el recuerdo es error.

Pero diré

que una vez un grupo de científicos
investigó por qué algunos moscos son atraídos
tanto al olor a queso como al olor humano de pies.

Y aunque se llegó a una conclusión
y se anotaron los resultados
fue una de las investigaciones más inútiles de la historia.