Con motivo del Día del Maestro, presentamos esta entrevista con Óscar Espinoza, periodista, comunicador y docente, radicado en la ciudad de Guanajuato. Egresó en 2013 de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Relaciones Públicas, pero ocho antes ya había iniciado una carrera como docente. Su primer contacto con la escuela fue a través de sus tías abuelas, maestras normalistas, quienes lo llevaban a las comunidades dónde daban clases y a quiénes él observaba en su trabajo. Escuchando sus historias y gajes del oficio, se enganchó a la profesión.

         Enamorado del lenguaje desde temprana edad, el Español se convirtió en su materia favorita: siempre sacaba 10 en ella. Durante la preparatoria, asistía a su maestra de esta materia, quien le profetizó que ocuparía su lugar en la escuela. Luego de terminar su carrera, se decantó por el periodismo en diferentes formatos, siempre atento a su amor por el lenguaje. Al jubilarse la maestra referida, tomó efectivamente su lugar, e impartió también las clases de Humanidades, Ciencias Sociales, Economía y Administración. Allí, en el Instituto Montes de Oca de la ciudad de Guanajuato, tuvo su primera generación de alumnos, quienes actualmente ya han egresado de la universidad.

         Posteriormente recibe ofertas de trabajo en la Universidad de Guanajuato y en la Universidad Tecnológica de León, a raíz de su trayectoria profesional. Hace cuatro años inició labor docente en la Universidad de Guanajuato, en la División de Derecho, Política y Gobierno impartiendo las materias de Políticas Públicas y el Seminario de Periodismo Político, de las cuales sigue siendo responsable. Y hace tres años inició su vida como profesor del Instituto Lasalle, al cual considera su casa, donde es titular del área de Estudios de la Comunicación.

         Cabe destacar que entre los años 2011 y 2013 participó en la edición del suplemento educativo Conexiones del periódico Correo de Guanajuato, lo que le permitió viajar por todos los municipios del estado cubriendo información relevante, y estando contacto directo con la comunidad estudiantil del estado, profesores y autoridades de la educación.

         Su visión del profesor es actual es la de alguien “generoso”, “divertido” y “vivo”.




1. ¿mo fueron tus inicios en la docencia?

Debo confesar que soy un fracaso como profesor torturado. Conozco muchas historias de quienes se convirtieron en los profesionistas que ahora son por tratar de entender o enmendar sus traumas. Por ejemplo, psicólogos que debido a su pasado disfuncional se dedicaron a estudiar la mente, o escritores con un pasado terrible que necesitan publicar cinco novelas para desahogar sus frustraciones. Un escenario peor: aquellos artistas que andan por la vida buscando a alguien que les rompa el corazón cada tres minutos porque, si no se los rompen, son incapaces de crear una obra. Para mi fortuna, y contrario a los casos anteriores, puedo decir que tuve una infancia y una adolescencia feliz; y no sólo eso, sino que tuve la fortuna de encontrarme con maestros extraordinarios que me tocaron el corazón…Y como fueron tantos, un día dije: quiero ser igual que ellos.

         Hay, por supuesto, momentos clave para llegar al inicio de mi carrera docente. Por ejemplo, dos de mis tías abuelas (ahora jubiladas) fueron profesoras normalistas. Además, tuve una infancia llena de libros donde muchos de mis personajes favoritos eran maestros. ¿Qué niño no quiere ser de grande como la profesora Minerva McGonagall? Pero el momento decisivo fue en la preparatoria. Apliqué a un programa interno de mi escuela, el Instituto Ignacio Montes de Oca (IIMO), para ser asistente de la maestra de Guadalupe Ávila Luna, quien además de ser mi maestra favorita, impartía mi materia favorita: español. Mi formación se la debo a la maestra Gudalupe Ávila Luna, de quien recibí una formación más allá de lo intelectual (qué fue bastante), tuve una formación humana. Conforme pasaron los semestres, me asignaba más responsabilidades y, lo que comenzó como un servicio social donde sacaba copias de exámenes, pasaba lista y le cargaba la bolsa, se convirtió en mi primera práctica docente. Uno de los mejores momentos de esa etapa fue cuando ella me dijo: “Los alumnos te entienden más a ti que a mí, y hasta les caes mejor”. Un día, en otra plática, cuando yo ya estaba cursando la universidad, me dijo que no le faltaba mucho para su jubilación, y que tenía la esperanza de que cuando yo terminara la licenciatura, me quedara a cargo de las materias que ella impartía. A mí me pareció algo lejano, pero con el tiempo así sucedió. Enseguida de su jubilación, que coincidió con mi egreso de la licenciatura, el personal del IIMO se comunicó conmigo para que tomara la plaza como profesor, porque para ese momento, además de la recomendación de la maestra Ávila, ya tenía un nombre que la gente ubicaba dentro del periodismo
guanajuatense.

Con la profesora Ávila.

         Tomé la decisión de integrarme al cuerpo docente del IIMO enseguida. Estuve una temporada. Luego pedí una licencia por otros compromisos laborales, y regresé una última vez un semestre, hasta que presenté mi renuncia. Tal vez el orgullo más grande de este inicio, es la satisfacción de que al menos las primeras dos generaciones de alumnos que tuve en esta escuela ya egresaron de la universidad. Y puedo decir que desde mi primer día como profesor, he sido feliz.

2. ¿Te consideras un profesor exitoso? ¿Has ganado algún reconocimiento por esta labor?

Me considero un profesor exitoso porque para mí el éxito es la buena comunicación con mis alumnos, en el caso de la docencia, y la buena comunicación con mis lectores, en el caso del periodismo.     

         En cuanto a los premios y reconocimientos, tuve tantos en mi trayectoria académica, que poco a poco me dejaron de importar. Pasados los 20 años me sentía abrumado por tantos papeles, que ya ni hacía el intento de buscarles un espacio en la pared. Un día decidí quitar todos los diplomas que tenía enmarcados y los abandoné en una esquina del estudio donde ya había abandonado otras decenas. Preferí colgar arte en mis paredes. En la búsqueda de la serenidad, y bajo la influencia de Marie Kondo, metí los papeles en una caja que en la parte de arriba dice “diplomas / manéjese con cuidado”. Hasta mi título profesional terminó ahí.

         Por supuesto que esto es lo que yo creo en este momento de mi vida, pero, pensando en los estudiantes que van a leer la entrevista, mi consejo es que sí luchen por conseguir todos los diplomas y reconocimientos que puedan, al menos al inicio, porque son herramientas básicas para quien todavía no accede a los métodos de producción de la cultura o de la educación. Un diploma te da, primero, un nombre, y luego se convierte en un vehículo que te conduce a una empresa. Es necesario apuntar que a los señores del dinero, para darte empleo, les es indispensable una buena caja de diplomas.

         Sobre la leyenda de la caja “manéjese con cuidado”, tengo que hacer otro comentario referente al reconocimiento, y es que nunca usen esas herramientas con el afán de convertirse en celebridades, porque es una mecha que se termina pronto. Particularmente en el periodismo, pero sin exceptuar a otras profesiones como la docencia. Nunca me ha interesado la fama, ser una celebridad, y mucho menos estar de moda. En una década he visto a muchísimos compañeros de la prensa pasar de firmar la primera plana del periódico, a pasar a firmar su finiquito en menos de un año. Y si eso pasa con los periodistas de verdad, imagínate lo que pasa con los de mentira; ya ni hablamos de lo que ha pasado recientemente con los actores de Hollywood. Lo que pasa con alguien que está de moda es que luego pasa de moda. Por eso es mejor mantenerse al margen, con un papel secundario o siendo un extra en este escenario de la vida.

3. Al inicio platicabas que en tu familia hay maestras ¿Puedes platicarnos acerca del aprendizaje que tuviste gracias a tus tías abuelas normalistas y tus mejores recuerdos asociados a ello?

         El primer escritor de la familia fue mi bisabuelo, Fidel Ríos, que no escribió literatura pero sí música; otra de las formas del lenguaje. Mis bisabuelos tuvieron doce hijos en un Guanajuato apocalíptico donde había lluvias e inundaciones, y al que la modernidad todavía no llegaba. Entonces, imagínate, para 1991, que fue el año en que nací, cómo había crecido la familia. Ahí comienzan mis recuerdos de la infancia, inmerso en el lenguaje, con mi bisabuelo tocando el violín, el bullicio de la cocina de mi bisabuela Coco, los niños corriendo por todos lados, y mis tías abuelas. Nueve mujeres, además de mi abuela, que aprendieron desde muy jóvenes que el lenguaje guarda la memoria de la especie, pero también la memoria de la familia y, de paso, que también es el vehículo para imaginar. Los niños sabíamos bien dos cosas: que la tía que mejor contaba una historia era la más querida, y que la mejor historia era aquella que le seguía a las palabras: “niños, salgan a jugar al patio”, que resultaba también el momento donde yo tenía que ser creativo y esconderme debajo de la mesa o atrás de una silla para escuchar esas “historias de grandes”. Y ahí estaban, como siguen estando ahora, contando historias, mis dos tías que además de ser divertidas, son maestras: Guadalupe y Alicia Ríos Rocha.

         Me acuerdo cuando era muy niño y mis tías me llevaban a sus escuelas. Me acuerdo estar en sus salones clases y ver a sus alumnos desde el otro lado del escritorio. Quiero creer que ahí comenzó a trabajar la ilusión, o mejor dicho la imaginación, de ser maestro, al ver una clase desde el lugar del aula que ahora ya aprendí a reconocer como mi hogar.

4. ¿mo fue tu vida escolar de niño y cuáles eran tus materias predilectas?

Una de las mejores decisiones de mis padres, fue signar parte de mi educación a la escuela pública. Así que en esa maravillosa jungla de una clase social sin muchos privilegios, cursé la primaria y la secundaria.

         Fui un niño solitario, sin amigos, e inclusive discriminado por esa sociedad. Pero en lugar de lamentarme y pasar la vida llorado en un rincón, esa edad, a los 6 o 7 años, y con mucha madurez, me di cuenta que mi destino no era encajar en los grupos, sino ver para otro lado y seguir mi camino. Una figura clave en esta etapa de mi vida, y a quien siempre he destacado, es a  mi maestra de primero y segundo año de primaria, Nelly Soto, pues en esa soledad me enseñó a leer y a escribir; ella me enseñó la base de cualquier actividad intelectual: construir oraciones de sujeto, verbo y predicado.

         De mis materias predilectas, como puedes ver, el Español es una constante, aunque no fue la única: también gustaba la Historia, la Geografía y las Ciencias Naturales. Recuerdo con especial cariño, también en la primaria, a la maestra Bety Gasca de la primaria Delfina Quiñones, quien me dejó cambiar mi clase de deportes por el rincón de lectura. De la secundaria Piloto, a Ramón Cancino (mi maestro de español) y Emma Gómez Lagos, y de la preparatoria a casi todos, aunque la mayor influencia en esta etapa fue la periodista Mónica León, quien me impulsó a comenzar el oficio periodístico antes de llegar a la universidad.

5. ¿mo fue tu relación de niño con el lenguaje?

Cuando imparto alguna conferencia o formo parte de algún jurado, la gente insiste en hacer una letanía que sé de memoria: escritor, periodista, editor, académico, profesor, analista político, intelectual, crítico de arte, museólogo, comunicador, fotógrafo… y ya ni hablamos de mi trayectoria académica y laboral. Tanto han insistido en colocarme adjetivos, que a veces la gente me tiene miedo. “¡Por eso sigues soltero!”, “Mejor escribe en tu descripción de Tinder que eres mesero”, “Haces tantas cosas, que ya hasta se me había olvidado que también dirigiste la revista Plata”, así se burlan mis amigos cuando me acompañan a alguna charla.

         Todo el paréntesis, para demostrar que somos animales del lenguaje, primates habladores. Y aunque evidentemente lo anterior es verdadero, aprendí a presentarme como “Relator”. Esa es mi pasión, oficio y vida: relatar. Cuento historias en múltiples medios, en distintas plataformas, pero relato. Necesito contar historias. Mi mamá dice que aprendí a hablar antes de mi primer año, lo que me hace pensar que nombrar la realidad es mi fascinación más antigua. Así empezó todo, jugué con el lenguaje como deben jugar todos los niños. ¿Dónde está la magia de ese juego? En saber utilizar las mismas palabras que alguien usa para escribir la lista del mercado, pero para escribir un poema o para nombrar lo que otros no saben que se puede sentir.

         Si bien mi relación con el lenguaje abarca toda una vida, no fue sino hasta la secundaria cuando sentí que las palabras en mi cabeza no se quedaban en silencio. Ahí estaban las palabras: en mi mente, en la boca de mis compañeros, en las clases de mis maestros, en los libros… Yo no sabía qué hacer con ellas, pero era tan mágico ese momento que la solución fue empezar a contar historias a la par de que encontraba mi identidad. Tuve avances importantes: a los trece empecé a escribir teatro, a los catorce hice mi primer periódico, y hasta me inscribí a la clase de mecanografía para teclear con la máquina de escribir todo el día. Eso. Aprendí que la única manera de no ser esclavizado por las palabras, era convirtiéndome en un maestro del lenguaje, lo que incluía saber la historia de las palabras, a qué saben, cómo se pronuncian, cómo se puede armar con ellas la literatura y, muy especialmente, cómo usarlas con conciencia.

6. ¿Le sacaste provecho a la universidad?

No lo creo. Hasta ese momento de mi formación, lo que sabía hacer bien era escribir, y aunque en ese supuesto la primaria me hubiera bastado para hacer periodismo, la universidad me sirvió para conocer muchas de las carencias de las escuelas y universidades privadas. Por ejemplo, un comentario recurrente es que Ciencias de la Comunicación es una carrera para inútiles, y aunque ahora también yo lo creo, para mí resultó útil, y podría haber puesto más empeño en aprender. Aunque ya había hecho periodismo escrito profesionalmente y televisión antes de entrar la universidad, casi entrando a la carrera me fui a trabajar al periódico Correo, por lo que no tuve precisamente una vida universitaria. Esto puede sonar muy triste, pero no es así, pues puedo sentirme orgulloso de que gracias a eso, pude sacarle 10 años de ventaja y experiencia a la gente de mi generación. No le saqué provecho a la universidad, pero a la vida sí; y ha sido un placer envejecer prematuramente. Como los chistes de las redes sociales, ya me convertí en señora.

         En cuanto a los maestros de esta etapa escolar, tengo fotogramas muy bien grabados en la memoria de personas extraordinarias de muchos que me formaron en la Universidad Santa Fe, y son buenos amigos y colegas míos en la actualidad; buenos profesores es igual a buenas personas. Algunos a los que les tengo un especial aprecio son: la maestra Lupana Gallardo, Guadalupe Leycegui, Itzia Ruiz Correa, Alberto Burgos, Paola Preciado, Eugenio Estrella, Xavier Aranda, Fátima Alba Rendón Huerta, José Rivas, David Rincón, y muy especialmente la maestra y fotógrafa Carolina Jasso, que contrario a lo que piensan la mayoría de los fotógrafos, me enseñó que la vida se debe capturar con algo más que una cámara.

7. Platícanos acerca de tus excursiones en la literatura.

Hablar de esto requiere una entrevista completa, pero puedo ir delineando algunas ideas. Desde que aprendí a leer me convertí en un devorador de libros. En aquel tiempo había en casa enciclopedias que me leía completas; pero nada se comparó, ni se comparará, con la llegada de Harry Potter a mi vida. Ahí aprendí algo valioso: que el lenguaje atrapa y seduce a los seres humanos. Así que por un lado tenía los relatos de la realidad, muy fieles a los acontecimientos, como los periódicos (sí, era un niño que leía periódicos); pero por otro lado tenía la literatura, con todas las libertades que te puede otorgar la ficción.

         Como todo aquel que cae en la seducción literaria, llegaron a mí, a muy temprana edad, las obras de Shakespeare, García Márquez, Homero, Sabines, Borges, Rulfo, Conan Doyle y decenas más. Cuando llegué a la preparatoria ya había leído a la mitad de los filósofos y psicólogos del plan de estudios, y a todos los escritores de la clase de literatura.

         Seguramente por eso mismo, porque la literatura me llegó temprano, decidí no convertirme en escritor, sino en periodista. Estaba convencido de que a esa edad no podía sumar nada a la belleza del lenguaje. Entonces, me pasé a la otra banqueta, y amé con la locura de la juventud a los narradores de la realidad. Mi favorito fue Carlos Monsiváis, porque siempre me interesó la forma en la que relataba el tema de la diversidad, entendida esta como una explosión que iba de Gloria Trevi, Juan Gabriel y Paquita la del Barrio, hasta la figura del presidente en turno. Monsiváis fue quien me enseñó lo que mejor me sale, destrozar lo que se me ponga enfrente a través de la generosidad del lenguaje, utilizando las herramientas que aporta el humor y la ironía. “Se debe aplicar el humor cuando la energía rebase la vida, y la ironía para rebosar las copas del intelecto”.

8. ¿Cómo ha sido tu relación con la Universidad de Guanajuato y cuál es el enfoque didáctico y curricular en el Seminario de Periodismo Político que impartes en la UG?

Mi relación con la UG comenzó cuando era muy joven y trabajaba en la edición de la revista Conexiones del periódico Correo. Mi jefe, el periodista José Argueta Acevedo (mi mayor maestro del periodismo y de la vida), me hacía algunas asignaciones para cubrir temas de la UG; así que gracias a esto, a mi formación como comunicólogo, y a algunos textos publicados relacionados con medios de comunicación y nuevas tecnologías, el Programa de Promoción y Autocuidado de la Salud de la universidad, me invitó a impartir algunos cursos y talleres enfocados en el consumo responsable de contenidos de medios de comunicación. 

         Un par de años después, ya como profesionista, y luego de cursar una especialidad en Democracia en la Universidad Autónoma de Barcelona, me convocó la División de Derecho, Política y Gobierno, para impartir un taller de Análisis de Políticas Públicas, que era el tema de moda. Acepté. Fue un curso exitoso que he impartido no sólo ahí, sino que se ha gestionado para que pudiera impartirlo en la División de Ciencias Económicas y Administrativas de la misma Universidad; y casi enseguida uno de los líderes estudiantiles de la DDPG, Gustavo Fonseca, quien había sido mi alumno de Políticas Públicas, me pidió que lo apoyara desarrollando un seminario enfocado en el análisis político, pero desde mi espacio, la prensa: así surgió el Seminario de Periodismo Político.

         Sobre el contenido del seminario, puedo decirte poco, ya que contrario a las materias que se acostumbran en una universidad, mi plan de estudios cambia constantemente, ya que los temas de agenda siempre son distintos, al igual que distintos son los perfiles de los estudiantes. Además, hablar de periodismo político es hablar de un universo sin fin, donde no solo se estudian periodismo y política, sino también sociología, historia, psicología, filosofía, ciencias de la comunicación, sistemas políticos, redes sociales y hasta cine. Tengo autores de cabecera como Monsiváis, Chomsky o Foucault, pero es mucho más que eso.

Con la maestra Carolina Jasso

9. ¿Cómo ha sido tu vida docente en el Instituto Lasalle?

La respuesta más acertada la tendrán siempre mis alumnos y mi directora, pero de lo que estoy seguro es que, a pesar de haber tenido otras experiencias en el nivel medio superior, lo más divertido de la vida ha sido ser profesor lasallista.

         De entrada, he encontrado en el Instituto Lasalle un hogar donde llevo una vida académica productiva y particularmente tranquila. Tengo ya más de tres años ahí que me han marcado no solo por ser los más felices en mi carrera docente, sino los más felices en mi trayectoria profesional. Por supuesto que existen fricciones, hay días malos, o hasta malas rechas (una característica normal de los profesores que somos liberales y trabajamos en los sistemas conservadores), pero en general estoy encantado de pertenecer a esta familia. Tengo montones de historias divertidas que te puedo contar, como que siempre confunden mi credencial de profesor con una tarjeta de crédito, o el que mis amigos me digan “¿Por qué te vestiste tan elegante?” cuando llego a comer con mi uniforme de la escuela.  

         Pero sin duda, lo más valioso de mi incorporación a Lasalle fue cruzar la línea del prejucio que a veces tenemos con sistemas educativos religiosos y darme cuenta que ni todo el día rezan, ni todos los estudiantes llegan a la escuela en autos de lujo. Tengo la fortuna de contar con buenos alumnos en lo humano, y al mismo tiempo ser un profesor libre, liberal, y quiero pensar  que también liberador.

10. En tu opinión, ¿cuáles son las libertades profesionales que debe tener un educador?

La más importante es la libertad de cátedra, una libertad tan importante como lo es la libertad de expresión en el caso de la prensa. Esta libertad de cátedra acompañada por una administración escolar que sepa escuchar y que esté dispuesta a dialogar.

         Otra libertad que considero importante tiene que ver con el respeto. Una buena escuela es una escuela libre de discriminación. Si nos ponemos estrictos, todos pertenecemos a alguna minoría, así que es mejor convivir de manera sana y siempre con mucho respeto. Mucha gente sigue viendo en el pasado, y consideran a las generaciones actuales “casos perdidos”, sin embargo, ni se imagina la cantidad de actualizaciones que los jóvenes traen en la cabeza. Lo dije anteriormente: somos animales del lenguaje, y estamos dispuestos a modificarlo; tengo la fortuna de que mis alumnos ya ni siquiera utilizan la palabra “tolerancia”, sino “respeto”.

         La tercera libertad que considero necesaria en la docencia, es la libertad de vivir. No está padre seguir siendo el esclavo de una institución, y mucho menos de la escuela. Tengo casos cercanos de maestros que hasta en su tiempo libre siguen haciendo cosas de la escuela como revisar trabajos o preparar clases, pero es primordial que el educador actual tenga una vida social y sepa transmitir no solo conocimientos a sus estudiantes, sino también experiencias. En mi caso, procuro constantemente compartir mis aventuras con los alumnos, hablamos de cine, comida, literatura, de mi vida en el periodismo, y eso a ellos les encanta. “Cuéntenos de la vez que conoció a Antonio Banderas”, “Vimos su foto del fin de semana con la escritora Ángeles Mastretta”, “Las fotografías que expuso en el Museo Dieguino me gustaron mucho, yo también quisiera dedicarme a la fotografía”, “Enséñenos a escribir así de bien como usted”. Ahí, en la emoción de las cosas, está la educación. Los alumnos necesitan profesores vivos.

11. ¿Puedes mencionar algunas experiencias entrañables con tus alumnos?

Tengo muchas experiencias entrañables dentro y fuera del aula. En mi caso, al pertenecer al área de estudios de la comunicación y tener como base la escritura, puedo conocer cosas más íntimas sobre ellos que el profesor de física o que la maestra del laboratorio de biología, pero he encontrado un tesoro entrañable al compartir con ellos otro momento de su formación: las experiencias de aprendizaje fuera del aula.

         Hace un par de años le hice una propuesta a la directora del Instituto Lasalle, la maestra Virginia Moreno, para crear un programa institucional que permitiera extender el aula de clases más allá de los muros de la escuela. En ese tiempo, dos cosas coincidieron en mi vida: cursé una especialidad en arte y educación en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), y periodísticamente tuve un acercamiento con los exploradores de la naturaleza de la revista National Geographic. Así que teniendo estos referentes muy frescos, le pedí a la maestra Vicky que confiara en mi para reingeniar las clásicas excursiones escolares, que tienen como objetivo la enseñanza, y convertirlas en experiencias que tuvieran como base el aprendizaje. Ella estuvo de acuerdo y comenzamos a recorrer cientos de kilómetros de carretera con nuestros alumnos, quienes además de conocer todo lo relacionado a las materias de los planes de estudio, se enamoran de su país al viajar y los hacemos vivir episodios que los marquen toda la vida. Por ejemplo, hemos liberado tortugas en las playas de Colima, hemos visitado los campos de agave azul de Tequila, Jalisco, para conocer el proceso de producción de esta bebida mexicana, hemos realizado rutas temáticas como la del queso y el vino en Querétaro, y hasta visitamos la auténtica fábrica de chocolates de Nestlé.

         De forma más personal, puedo presumir que las dos generaciones más recientes de Lasalle, pertenecientes al bachillerato de Economía y Administración, me han elegido como su padrino. Soy feliz y me sé feliz.  

12. Puedes hacernos un esbozo de tu vida personal.

En mi descripción de Facebook se puede leer: “Oscar Espinoza: más vago que un recuerdo”, y eso es muy cierto. El oficio periodístico me ha permitido, desde hace más de una década, presenciar la historia en primera fila, y llevar mis pasos hasta donde se encuentran las historias más fascinantes. Ahí están los conciertos, las entrevistas con los famosos, el mundo de la cultura al alcance de la mano… Y lo más importante, la hospitalidad y generosidad constante de Hoteles Misión que me ha invitado durante muchos años a vivir México a través de más de 60 propiedades que tienen en todas las regiones del país. Sí, soy vago, y la vagancia es una herramienta para trascenderme. De manera conjunta, tengo algunas actividades favoritas, como visitar museos, vivir en Guanajuato, conversar con mis amigos y tomar fotografías. De esto, puede dar testimonio mi cuenta de Instagram (@espinozadigital / www.instagram.com/espinozadigital) donde espero los lectores de esta entrevista puedan seguirme. 

          Como el libro, confieso que he vivido, y he llegado al punto donde ya tengo muy pocas pretensiones. Encontré la serenidad, me he enamorado las veces suficientes como para comprobar que el amor existe, he ido de cuarto de hotel en cuarto de hotel llenando libretitas de tapas duras con mis letras, y he encontrado a las gentes que están dispuestas a compartir sus risas conmigo. Ahí están las tardes de té y noches de ginebra con Cinthia, los desayunos con Walu, donde hablamos de Netflix y otros amores, las pláticas interminables con Leslie, la generosidad de Karla y Azu, las tardes de café con Catalina, las tardes intercambiando palabras y culturas con Karen, los foto paseos con Luisa y Hugo, los 30 minutos de desahogo diario con Betina y Osiris, y las noches de farra con Paco, María y Lucy. ¿Que qué me falta? Escapar con Fercho para comer helados en París.

13. ¿Cuál es la enseñanza más grande que te gustaría dejar en tus alumnos?

Confío en que sus otros maestros les dirán que sumen al relato de la patria, que sean personas de bien para su sociedad, que no sigan el camino del éxito fácil, que no tienen la obligación de encajar con nadie… Y aprovecho para decirles que estén muy conscientes de que deben cultivarse, porque una persona que no se cultiva es un problema. Conocemos muchas historias de políticos y gente con poder que son un problema social porque no leen, y que son un problema porque ante alguna dificultad, no tienen más que dos o tres soluciones reducidas, torpes y carentes de sentido común; esto porque sus referentes son igual de torpes y reducidos. ¿Cómo solucionar lo anterior? Cultívense leyendo, pasen horas en las salas de cine, aprendan nuevas palabras, escriban, escriban, escriban, escuchen música. La diferencia entre nuestro ex presidente Enrique Peña Nieto y otros gobernantes como Churchill y Obama, es que mientras Peña Nieto no había leído más que algunos fragmentos de la Biblia, los otros tenían en su memoria a Shakespeare, Borges, Homero, a grandes poetas, historiadores y filósofos, y eso es lo que les permitía tener no dos o tres, sino 500 soluciones ante la adversidad. Las soluciones a todos nuestros problemas están en la fantasía, y esa fantasía solo la puede crear la abundancia del lenguaje.

14. ¿Tienes algún lema con el que quisieras ser recordado?

No uno propio, pero sí uno del que me he apropiado. Ya he dicho que necesitamos una entrevista entera para hablar de literatura, y hoy no conversé de él, pero me gustaría hacerlo en una siguiente charla. Mientras tanto, la frase que me define es de un poema de mi amor literario Federico García Lorca: “En la bandera de mi libertad bordé el amor más grande de mi vida”. Y agregaría otro verso “¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!”.