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A veces, en el tedio de una tardecilla, después de las faenas del campo y las ocupaciones del hogar, si no hay ganas por jugar ajedrez o barajar en la mesa las cartas y apostar el mundo, su mirada busca la mía invitándome a un juego que desde críos practicamos. Recostados cómodamente en el sofá, hacemos crecer con la caricia caliente de nuestras manos nuestros penes; y friccionándolos al mismo compás, nos coordinamos por eyacular juntos para ver quién lo hace más lejos, cómo nuestras descargas cruzan el espacio una al lado de la otra. Como balas líquidas cortando el aire surcan la habitación las radiantes gotas de semen, moneda del país de mi concupiscencia. ¡Nunca se sabe quién ganará! A veces él, a veces yo. Pero siempre, siempre, con un apretado abrazo celebramos nuestro rito especial. Y entonces, millonarios que ostentan el derroche de su fortuna, ganamos los dos.

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