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Confieso que más de una vez hemos orinados juntos, y entonces la competencia consiste en ver quién lanza el chorro metálico más lejos. Y alguna vez, en broma, él orinó mis manos y mis pies descalzos. Así es nuestra relación: no tenemos falsos pudores; el afecto anega nuestros lazos conmoviéndolo todo desde la inmediatez hasta el horizonte. Ese afecto lo demostramos del modo más natural, tal como el instinto nos lo dicta: un apretón de manos, un beso en la mejilla, una palmada en el muslo, un espaldarazo oportuno en la fatiga. No tenemos secretos ni nos mentimos: la verdad de nuestra compenetración es la cifra óptima que nos señala ante el mundo. Y nuestras aficiones son mellizas, así vivimos conectados de una forma tal que, se diría, es mágica.

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