Su hermosura glacial y trashumante, su simpatía vestida de un pelaje que invita a posarle largamente las manos ateridas de frío, su caminar acariciado con reverencia por la mirada obediente, los ojos como dos brasas que encienden la negrura, las piernas ágiles en correr los bosques de un cuento donde ha de devorar a un niño, su huella graciosa en la nieve, el hocico que lame la sangre en mansedumbre: todo él, gallardo y sobrio, es la imagen animal del más oscuro sueño romántico. Nuestro espíritu se alarga por perseguirlo y visitar en sueños su morada.
Cuánto duele su apostura a los poetas, la conciencia de su perversidad instalada rígidamente en su sino.
Arrebata los rebaños, dejándonos como recuerdo de su paso un jirón desparramado. Desea a nuestros hijos. Padre adoptivo de pueblos que devastan, su ferocidad es inclemente. Su mirada es intimidación.
Por eso lo anatematizan los libros; el campesino le dispara sin miramientos. Y el hechicero lo quiere para usar en sus planes malévolos su alma convertida en esclava, o, ya en un rapto lunático, se convierte en él.











