Asecha desde el crepúsculo hasta la madrugada; entonces vuelve a la lobreguez de las cavernas. Los cementerios –ciudadelas de muertos– son su lugar privilegiado en el mundo: allí orina y defeca para sentirse dueño siquiera de un mísero terruño.
Saturnino y solitario, el chacal se parece a Caín errante. Su aullido tiene el dolor de quien, habiendo vivido en gracia, mora desposeído en el éxodo y sus desiertos.
No importa su color: siempre es negro por necrófilo.
Pertenece a ese clan de perros salvajes signados por el furor siniestro de la saña y la destrucción, siempre rabioso contra el mundo.
Es el peor enemigo del hombre. Porque, temprano, el chacal habrá de ser padre terrenal del Anticristo.











