El caracol arrastra su soledad;
se desliza sobre márgenes cambiantes y arenas movedizas,
sintiendo la amenaza del pico curvo, de la garra rapaz.
Debe ir allá, siempre allá,
penosamente llevando, lo mismo que un oscuro nómada,
el pétreo refugio de su casa
sobre su espalda inconsistente.

Antes de la historia,
en la edad de las primeras formas vivas del agua,
el caracol, como un símbolo cósmico,
ya esperaba ser descifrado por un hombre mudo.
Guarda, al igual que un cofre, un tesoro de sabiduría:
la arquitectura del infinito perpetuándose siempre en espiral
y el timbre exacto del canto del mar.

Cuando un hombre recoge el esqueleto vacío
y sopla a través de su hermosura sostenida,
no sabemos qué potencias es capaz de despertar.

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