Drácula (1897) de Bram Stoker es, de manera casi uniforme, considerada la obra maestra del género. Una obra donde el vampiro es un ser inaprensible por el intelecto, esencialmente egoísta, dominador y ajeno al reconocimiento del otro: un ser de pesadilla que escapa de los cánones de toda ciencia, un terror hiperbólico que acosa a sus víctimas rebasando las barreras del tiempo y el espacio.
Respecto a ella, los críticos suelen coincidir en que el gran peso literario de Drácula radica en su manejo subyacente de una poderosa carga sexual. “Escrita en una época en que el inconsciente y sus túneles comenzaban a ser sistemáticamente explorados, y cuando la ideología victoriana manifestaba su rigidez en todos los órdenes, la novela de Stoker es un tratado de contenidos latentes donde la sexualidad se encuentra entrelíneas con poderosas cargas de profundidad.”
Para Chritopher Bentley, Drácula exhibe indicaciones de muchos tipos de perversiones; estas perversiones, canceladas por el simbolismo dinámico de la novela serían causa de la popularidad y vigencia de obra. Anota algunas ideas que vale la pena rescatar. Para él la trasmisión de la sangre en la novela simboliza el intercambio sexual que no puede ser descrito en términos explícitos y para demostrar esta idea indica algunos pasajes en los que ello sería claro. Alude también a los simbolismos de las muertes de los vampiros en la obra: Lucy es muerta por una estaca (símbolo fálico) en el corazón, teniendo, cuando es atravesada, una reacción similar a la de la desfloración y el orgasmo. Por otro lado, Drácula es liquidado con una decapitación que apunta a la castración si concedemos a la cabeza su capacidad para ser un sustituto fálico en el ámbito onírico y de las representaciones. En ese sentido es sugestivo también que el cazavampiros Van Helsin use a veces el termino “esterilizar” para discutir maneras de destruir el poder del vampiro.
Y es que en Drácula los vampiros son seres de una lascivia escandalosa, monstruos voluptuosos sedientos de placer. Drácula fuerza a salir, por medio de una abreacción, a las bajas pasiones y las cualidades humanas en la sombra que la cultura occidental, y más específicamente la sociedad victoriana, reprimió. Dos episodios en Drácula contienen escenas de un fuerte erotismo: la seducción del agobado Jonatan Harker por las tres vampiras esclavas de Drácula y la de Mina por Drácula. En ambos casos las victimas son seducidas al grado de que su voluntad es controlada y sometida: ambos se dejan seducir inmóviles y con ojos entornados. Cuestiona así la moralidad de una sociedad que finca en represiones de tal naturaleza su idea de progreso (Drácula como “un espejo donde la sociedad y los personajes son obligados a mirarse, para así verse deformes”). A este respecto Francisco Morales Lomas señala que la sexualidad ha sido siempre un instrumento de poder del vampiro literario. De hecho “El vampiro emplea la sexualidad como una necesidad de mostrar su fortaleza, como un dispositivo de afianzamiento y de intensificación, pero también como una estrategia, un modus operandi que determina su simbología demoniaca.”
Pero no es sólo esto lo que constituye el poderío de la novela. Stoker utiliza a un personaje histórico, Vlad Tepes “Dracul” (1431-1476), príncipe de Valaquia, famoso empalador, para hacer de él un monstruoso vampiro con poderes sobrenaturales inusitados, capaz de controlar la voluntad de los animales, dominar las fuerzas de la naturaleza y transfigurarse: una figura a la vez fascinante y horrible.. Acerca de este personaje histórico, Ignacio Solares consigna en un artículo algunos datos biográficos académicos. Vlad fue un príncipe de extraordinaria crueldad. Sus métodos para controlar mediante el terror incluyeron la ablación de los órganos sexuales, mutilaciones corporales, despellejamiento, desmembramiento, enterramiento de personas vivas, así como la obligación a las víctimas a presenciar la tortura de un ser querido o darlas como comida a animales feroces y hambrientos. Por otro lado, su método de tortura favorita, el empalamiento, hacía uso de técnicas refinadas para prolongar el dolor y la agonía durante días, espectáculo que el príncipe gustaba de contemplar mientras comía y bebía. La razón de usar a este personaje como vampiro adquiere sentido cuando, aunado a su vida llena de maldad, se recuerda que en la lógica de la tradición oral local su muerte temprana y accidental lo harían propicio para convertirse en vampiro.
Para configurar a su monstruo, el autor rescata múltiples elementos tanto del folclor como de la literatura de fantasía previa y afianza una figura que quedará ya fijada en la tradición de la narrativa vampírica: la del cazador de vampiros profesional, figura que hemos visto particularmente explotada en el cine, representada en este caso por el doctor en ciencias y filosofía Abraham van Helsing.
A lo anterior mencionado se le unen una ágil trama que combina el horror con el romance y la acción, y una estructura fragmentaria que cuenta la historia exclusivamente mediante cartas, recortes de prensa, telegramas, informes médicos, fragmentos de los diarios de los personajes, bitácoras de viaje, lo cual dota a la narración de diferentes perspectivas o puntos de vista que traen consigo una multiplicidad de discursos. Todos estos elementos, en su conjunto, harán que Drácula sea “a la literatura de vampiros lo que Don Quijote a la novela de caballerías, lo que Moby Dick a las narraciones de aventuras marinas”.
Por otro lado, Drácula, rescata o consolida rasgos en torno a la figura del vampiro que quedarán relativamente fijados en la tradición posterior y entrarán a ser parte del dominio público; como por ejemplo el hecho de que el vampiro no se refleje en el espejo; su extraordinaria fuerza física; su extraordinaria palidez, la asociación del vampiro con los lobos y su identificación con los murciélagos, la creencia folclórica de que los vampiros aborrecen el ajo, la decapitación y la estaca en el corazón como métodos para liquidar al vampiro, etc. Stoker en Drácula retoma la figura del vampiro como un aristócrata perverso y fatal, de modales exquisitos, el caso de los vampiros de Polidori, Gautier, Dumas y otros. Combinación de elementos que hará del vampiro de Stoker una imagen bastante original para su tiempo. Se ha dicho que el enorme éxito de Drácula, que no ha dejado de editarse desde su primera aparición, acrecentó el interés científico en el estudio de la creencia en el vampirismo.
Otra de las características notables en la construcción de Drácula es que el monstruo es una “presencia ausente”: el monstruo habla poco y no desarrolla completamente un punto de vista, dejando un espacio discursivo indeterminado, que el lector se ve obligado a rellenar con las referencias tangenciales e indirectas del resto de los personajes. De allí el terror que produce la figura del conde Drácula en la novela, según Quitarte. Dicho recurso, que ha sido ampliamente señalado por la crítica especializada, es de hecho heredado de la tradición narrativa anterior, pero Stoker lo explota exponencial y magistralmente. A nivel formal, la figura del vampiro funcionando en el texto de esta manera incide en plano psicológico de la lectura pues el lector no puede hacerse una idea clara de la naturaleza del monstruo, ya que sus metamorfosis son constantes, sus poderes cada vez más inesperados y su personalidad se conoce generalmente por lo que se dice de él. Dentro de la composición polifónica de Drácula, el vampiro no tiene voz, nunca se conocen sus palabras o sus pensamientos auténticamente propios, y sus actuaciones y sus modos son señalados y enfocados siempre desde la interpretación subjetiva de un tercero. “Ciñéndonos al texto de Stoker, cualquier explicación de sus caprichos, ansias y deseos viene dada por elucubraciones que sobre la existencia y la presencia del conde hacen Seward, Harker, Mina o Van Helsing. (…) Y sin embargo, es su presencia (¿su existencia?) lo que provoca una serie de acontecimientos que cambian profundamente las vidas (y las muertes) de los personajes que participan en su drama.”
El único que parece entender las necesidades y voluntades de Drácula es quien se nombra su esclavo, el loco Renfield, quien establece con él una inquietante relación al parecer telepática. Pero Renfield no alcanza a explicarse de manera coherente y también carece de voz literaria en el texto. Por otro lado, Drácula no parece cumplir todas las condiciones de la naturaleza vampírica que enuncia en sus tesis el doctor Van Helsin: a este vampiro nunca se le ve directamente beber la sangre. En ese sentido, Drácula permanece en el texto dentro de la específica extrañeza, en la interrogante, la sombra y la incomprensibilidad dado que Drácula cumple diversos roles que se amalgaman y producen una mezcla rara de atributos: demonio, criminal perverso y amoral, niño caprichoso, anciano menfistofélico y noble vengador de su dinastía. Drácula, en todo caso, parece más un patriarca hacedor de vampiros, propagador de una especie de enfermedad metafísica cuyo cuadro se desconoce en lo general. De este modo Drácula no puede ser explicado tampoco por el discurso científico-teológico de van Helsin. Incluso ni hasta el final de la novela la verdad sobre el conde nos es revelada.
Según Francisco Javier Sánchez-Verdejo Pérez la figura física de Drácula está inspirada en Varney, el vampiro o El festín de la sangre de James Malcolm Rymer, con la que también presenta otras analogías, como la iniciación en el vampirismo por medio de la sangre, la ambivalencia de atracción y repulsión que ejerce el vampiro sobre sus víctimas, su llegada a Inglaterra en un barco que naufraga en una tormenta, los primeros intentos de destruir al vampiro usando la ciencia, las noches en vela para proteger a las victimas de los ataques, entre otros aspectos.
Por otro lado, en torno a esta novela se han producido una innumerable cantidad de estudios críticos en varios idiomas que van desde el tema de la sexualidad, la mujer de la época victoriana, su anclaje histórico, su simbolismo, su legado a la tradición vampírica literaria y cinematográfica posterior, etc. Drácula, novela que en algún momento fue considerada una obra marginal y sensacionalista, es ahora una obra de prestigio irrefutable que incluso pertenece al listado de obras literarias clásicas de la Universidad de Oxford; y en lengua inglesa es el libro más vendido y leído después de la Biblia,181 por lo que en 2006 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Drácula consolidó uno de los mitos literarios más populares, “un mito comparable al del judío errante, Fausto o Don Juan” en palabras de Royce HiGillvay y uno de los únicos mitos de los tiempos modernos en opinión de André Malraux. Oscar Wilde afirmará en 1897 que es una de las mejores novelas de todos los tiempos; por su parte Conan Doyle también elogiará la obra; y en general la prensa británica de la época acogió la obra muy favorablemente. En 1927 H. P Lovecraft destacará su “lugar permanente en las letras inglesas”. En nuestro siglo sigue despertando entusiasmos de los lectores y escritores: en el mundo hispano, actualmente, Arturo Pérez Reverte piensa, por ejemplo, que es una novela “magnífica”, “de una modernidad que apabulla”. Carlos Fuentes la consideraba también una novela extraordinaria.

Algunas ediciones populares de la novela.