Sólo la soledad y el temor.
Ningún ámbito para el vuelo de la mano que escribe;
ningún aprecio para el que horada la tiniebla
y trae al mundo un poema catastrófico
con el mismo dolor de la preñez y el parto.
Un poema llamado desesperación.

Sólo la habitación estrecha
donde no caben dos sin pelear,
donde se vuelve paralítico o enloquece o se autodestruye
y lo visita el demonio del pánico
o un ángel iracundo de mortal luminosidad.
Una habitación llamada infierno.

Nada aquí que no sea yo mismo:
odio, angustia, cara rasguñada por la certidumbre del jamás,
un desdichado cúmulo de laberintos y duelos
donde se pudre el acto más puro del hoy:
aquel que yo haría en muestra de hermandad y confianza
al primer paseante de la calle
con la última sonrisa de mi niñez posfechada.
Una niñez llamada orfandad.

Parálisis, locura, autodestrucción… ¿qué más da?
Nada sería sin mi yo mismo. Un yo mismo
llamado memoria de una generación, o artista genial.
(Léase: oficio supremo, inmortalidad.)