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Desmayo en invierno

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A George Bacovia

Estás enfermo. Tu palidez se descose
como rosas caducas: piano malsonante
y trigo desgranado ante el espejo de la muerte.
Te entregaste al lago congelado que te mantuvo al fondo
con una piedra al cuello: anatomía del horror,
museo de un patetismo socavado.
Estrecha sala de disecciones,
tu voz nos llega aún desde el borde más alejado
para roer las escasas provisiones y defecarlas.
Toses, rata maldita, y repartes la infección
de la melancolía en las estancias ruinosas.
Después de ti, la vida no tuvo color.

Acuarelas tenebrosas te dibujaron
mientras el murciélago robaba la luz de las ventanas.
En este mundo que cae eternamente
fuiste sólo la apatía de inviernos bostezando
ante el dolor de estudiantes pobres,
el primer coágulo que anuncia la belleza del occiso,
todo lo que de ceniza tiene el hombre,
lo que cruje en la madera funeraria.
¡Te mató todo en la penumbra
del cataclismo de la neurosis que te habitó
como el gusano al cadáver purulento!
Aún convaleces en páginas arrugadas, por esos nervios
que eran agujas disparadas al corazón:
ese nido deshabitado, todo clausura,
donde tu poema era la impostura más bella.

Una tumba cargaste en la espalda,
sin ver la invasión de espinas
desequilibrando al espíritu,
la nevada sobre el barranco de tu sueño oscuro:
allí donde la soledad alza su catedral
y el estrago es de ancianidad prematura,
hogueras apagadas y una estalactita
que atraviesa el cuerpo del que escribe.

Tu heredad al mundo es sólo materia gris
lamentándose y sufriendo,
sepultada por las aguas del miedo, donde corro
por escapar de tu maldición y me sofoca el humo
de tu boca estéril para el beso de amor:
la materia gris del cerebro romántico
amante de la morbidez.

Estás enfermo en el limbo de los poetas,
como enfermos estaban los años
que te miraron crecer inútilmente
y en cuya cueva te atrincheraste a sollozar,
gastando un ademán de sombras de mazmorras
y lodo para cubrir estatuas:
germinación de la cólera, convulsión de gargantas
que expulsan la imagen de un mundo perfecto.

Pero, por eso, te convoco a viajar como fantasma
en los parques devastados de los versos juveniles
donde imité tu fatiga,
tus años de otoños e inviernos solamente.
Y te ruego: instálate, una vez siquiera, ahora,
en estos dedos que pronto sufrirán la artritis.
Sé mi fortaleza si me arroja la patria del cadalso
en la marginalidad del rito suicida,
si el hospital se abre para abrigar mis crisis.
Apadríname.