Viniste –lo creo así– de un concilio de ángeles. Un niño con cabellos de nube y rostro arrojado. Tus palabras fueron como las canciones de una edad dorada vivida antes de nacer. Sencillas y luminosas, cayeron adentro de mí como una lluvia tibia en un pozo oscurecido.

Sin saberlo te amaba desde antes de conocerte. Interviniste en la estructura del dolor; el de vivir desatento a la bondad. Tan pronto, el designio despertó la hondura donde dormía, profundamente cansada, la ternura. El mundo, trasfigurado, se volvió abrir como una cortina.

Y me desesperaba no poder arrancar una estrella para ponerla en tu frente. Porque en el toque de esa gracia se convulsionaba la razón.

Lentamente disciplinaste mis actos para empatarlos al bien, como una dulce melodía que hubiera quedado prendada en el espíritu. No ha faltado por ti ya el almíbar que da a la hora la consistencia del gozo. Encanto de energías cómplices. Más la alianza del hombre con los cielos.

Cuando mi mano busca la tuya, en el saludo cotidiano, he sentido algo deteniéndome en ella: porque de algún modo siento que, en lo profundo, me perteneces. Cuando celebramos con otros, es tu risa un momento bien esperado. Y, aunque traías para mí otro don que no es la pasión que arrasa en llamas y extenúa al mártir, te honra el pecho al escuchar tu nombre, entre los favoritos apartado.Das a mi corazón el cariño sin peligro para el que había nacido.  Nada podrán los años… Siempre serás, en mi corazón, un niño.