Tu cara era un charco de almíbar.
Tus manos, dos ríos mansos sembrados de lirios.
Todos tus dientes eran de leche.
Y tu sangre y tu orina trasparente: agua.
Tu voz, el reposar sobre sí mismo
del centeno nuevo cuando duerme.
Ojos de tabaco para fumar.
La sonrisa, tímida: gracia de un amanecer
que descubre –tras la diminuta ventana– el sexo
y no lo encuentra culpable.

Aún ahora, organizas tu habitación junto a la mía;
y eyaculas –bien lo imagino–
sobre una superficie que desconozco;
y te duermes con una música de serafines rebeldes
sin buscar motivos al afecto de la almohada,
ni esperar la visita del íncubo
que quizá una vez oprimió tu tórax como una duda.

Eras el más guapo de los jóvenes de la vecindad;
y, en el sueño, yo te dije: “eres hermoso”,
y respondiste: “tú también”.


En esa leyenda de voces amarillas,
reconocidas desde los corredores sin macetas,
pudiste aniquilar el dragón que extenuaba mi soledad.
Entrar, sin avisar, en mi cuarto
hacia las sábanas que te esperaban
como un gato la caricia familiar.

Para gemir, hasta desaparecer perdonados
en el cansancio tibio, en la blandura muscular,
que sobrevienen al llanto
en que los amigos
reconocen su pureza.