Sentado otra noche con la cucaracha a mi lado,
escucho a mis labios recitar versos de agonía
de mis propias agonías, de mis desvelos lacrimosos.
Los clavos del pecho se burlarán de mí si intento dormir
pero ella ya se acostumbró a todo esto.

Sentado con la mirada en mi sombra oscilante,
a la luz de las velas la cucaracha me abraza:
pretende hacerme sentir a salvo por un instante.

Pero lloro.

Sus seis patas sobre mi espalda
siguen siendo tan frías como ayer.