Perra atigrada, felona de las praderas, la hiena tiene el cuerpo manchado por el delito. Comensal nefando e impúdico, deshonrosa aficionada a los cadáveres, gusta de abordar a sus víctimas en ventajosa manada.

Estridente en su chocante delirio sanguinario, al que se entrega en desenfreno, babeante e histérica, se diría que es de la idiocia una encarnación: ríe tan cínicamente de sus ultrajes cotidianos que su visión nos inspira repugnancia.

Sus trucos favoritos: enseñar las garras, robar carne a punto de la putrefacción, molestar al que sólo quiere beber agua.

Ningún camino es lo suficiente corrupto para albergar su paso renqueante, la lubricidad de sus instintos tan bajos, su hediondez a orgía, el asedio centelleando en el pequeño infierno de sus ojos.