Rufián armado hasta la cola, el escorpión aguijonea como la mala suerte a quien no lo espera. Se esconde entre las sabanas, dentro de los zapatos, tras la cortina, para desmayarnos con su figura cruel, con su ponzoña que paraliza el cuerpo.

Nos atenaza de temores. En las laderas de los cerros, dentro de las pobres casas de cartón, bajo la cama donde vive el miedo natural de los niños, doquier que se aparezca, es inequívoca señal de contingencia.

¿Y cómo no temer a aquellos que bajo su signo zodiacal han nacido, si, receloso por naturaleza, espera en calma usar su lanza envenenada, siempre preparado para matar?