En un bosque de eucaliptos brillantes
quiero dejar mi cuerpo más rendido que rendido,
como el niño que olvida un suéter en un parque.
Se sabe: la playa es amable para morir; pero yo,
versador triste, amo el fresco olor que tiene,
jubiloso en la armonía de la tarde,
el aire aserrando las puntas floridas de los árboles.
Y antes que ser lanzado por la patada de un asno
o dejarme embestir por un carruaje,
quisiera recoger las monedas de una fuente
y dejarlas en los bolsillos de mi saco anchuroso cuando,
decidido, vaya a tenderme en la sombra.
¡Que los hombres egoístas trabajen para mí,
que yo, sin hogar, ni amigo, ni amiga,
depuré con palabras, sin que ellos la vieran,
una amigable comarca de esclarecidas huertas!
Quiero un entierro modesto, sin plañideras farsantes.
Yo, que detesté el lujo, podría conformarme
con una caja de pino que perros raquíticos
pudieran abrir por sobrevivir
o un rinconcito en la huesa común.
Y aunque amo las cruces no pido para reposar
más que un claro al cual pueda descender gustoso el petirrojo
a cantar mis amores malogrados.

¿Por qué todas las frases que en el tedio intento lograr
parecen ser sólo el lúgubre eco de las voces de los poetas
de antaño que jamás conocí?

¡Malditas sean!