Mi amigo es una mano tibia y sostenida,
un vaho persistente en la mejilla,
el rumor de una espiga que crece junto a nuestra ventana
cuando despertamos a tiempos idénticos,                                                                     
un enjambre de mariposas prisioneras
aleteando en el umbral de la entraña profunda.

Mi encuentro con él es como el de dos jóvenes cauces
que se abrazan en un nudo de espumas
donde la corriente choca con diminutas piedras.

Somos el trabajo de los trazos formando la cúpula.
En los hombros desnudos sostenemos al mundo.
Nuestros brazos se alzan para tocar el infinito.
¡Con qué ojos lo miro cruzando mi jardín!

En su piel acaricio la felpa de un membrillo,
en su aliento sé lo que calla el silencio
cuando la brisa se inclina a acariciarnos.
Mis labios se aproximan a él y conocen
el salobre sabor de los cuerpos que se buscan.

¡Es tal fácil ser amigo de mi amigo! Y no importa
que a veces nos señalen o murmuren.
De él no sólo aprendí la mirada del cómplice antes del crimen:
aprendí, también, la fuerza de dos muchachos que están juntos.