No sólo la fuga sensual de la sangre,
no sólo la noche final del amante:
también el corazón dibujado en el vaho del ventanal
y los árboles sosteniendo cristales de irrepetible hermosura,
el lecho perfumado con rosas deshojadas tiernamente,
la almohada de plumas tan finas, esa cara lavada indecible
y la carta donde emocionan frases mejor que un cúmulo de centellas.

No sólo el acto de dormir y ser acariciado por un sueño mayor
que los sueños más gloriosos en vida realizados:
también el último aliento
expirado como un beso de despedida.

El que sabe morirse de amor
construye el poema con su cuerpo.

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