El dolor es la sustancia constitucional del hombre.
Erigiendo, sosteniendo una irreparable estructura,
ocupa la hondura del pecho, la intimidad de la sangre,
la espesura del cerebro en la que finalmente explota y se reparte
hacia la totalidad del cuerpo.
Levanta los huesos con una pesadez de plomo,
late como una noche encerrada en el alma,
roe el corazón como una rata que nunca se sacia,
conduce la palabra con ese ritmo lento y grave
que nos recuerda lo que hay de nosotros en las tumbas.

Lo sentimos abrir sus manos y gobernar nuestra vida.
¡Cuántas veces nos susurró al oído
su paternidad, su secreto de lo orgánico!

Más aún: es lo que de vacío tienen nuestras células,
el espacio intermedio entre los átomos
donde cabe la nada.

Y, por los siglos de los siglos,
la razón de vivir de alguien como yo…
¡dado que no puede ser de otro modo!

 

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