Fue en el justo instante cuando en el techo de los cafés
se lamentaban las palomas durante el pesaroso crepúsculo.
Amor mío, lo recuerdo…

Cuando sobre las frías callejuelas empedradas
lentamente resplandecían las ventanas amarillas
y los hombres en las salones fumaban interminables cigarrillos
y leían en los vespertinos periódicos las noticias de la crisis,
la epidemia y la guerra.

Me dijiste: —Me iré en el tren de los infortunados a una patria distante,
allá donde las monedas son de plata. Trabajaré en una imprenta.
Debí decírtelo.

Por vastos y enteros minutos no dijimos nada.
Finalmente tomaste mis manos entre las tuyas
y las arrojaste al nocturnal letargo.

Y justamente en ese otro instante una llovizna cayó
sobre todos los sombreros y los paraguas que se abrían en flor.
Yo levante mis enaguas y la lluvia larga corrió bajo mis rodillas.
Amor mío, lo recuerdo…