Al psicoanalizar la creencia en el retorno de los muertos, Jones encontró que es posible dividir esta idea en dos grupos según las causas del regreso: el amor (terminar una tarea inconclusa, corregir un error, pagar una deuda) o el odio (castigar una fechoría) como emociones fundamentales. Explicó, mediante un mecanismo psicológico de proyección, el hecho de que los vivos han pensado que los muertos pueden sentir un poderoso impulso de regresar a visitar o reunirse con aquellos seres amados que han abandonado con su muerte,[1] creencia que está presente en todo el mundo.[2] Particularmente, la tradición de los mitos en torno al vampiro refieren que éste visita principalmente a los que fueron sus familiares y sus parejas en vida; incluso se ha dicho que en estos casos pueden embarazar a sus esposas.[3] Explicó que el deseo de los vivos de reunirse con los muertos funciona en la base de un sentimiento de culpa inconsciente que se proyecta hacia los muertos, razón por la que éstos no pueden descansar en sus tumbas y se sienten impelidos a regresar.[4] Esta idea de que los muertos no pueden descansar en sus tumbas está, según el autor, inextricablemente ligada con la creencia de que sus cuerpos no pueden descomponerse, la cual juega una de las partes más importantes en varias de las prácticas relacionadas con los vampiros.[5]

El autor opinaba que los muertos que regresan a la vida inspiran en los vivos sentimientos ambivalentes de amor y odio. El odio hacia ellos tendría sus orígenes en un conjunto de hostilidad y deseos malignos, muy comunes en el inconsciente, hacia la persona en vida, la cual, una vez muerta, habría regresado castigar y torturar en venganza por esos malos deseos que pudieron haber sido la causa de su muerte.[6] Por lo mismo se consideraba que las personas que son maldecidas, sobre todo si lo son personas de respeto, se vuelven vampiros.[7]

El folclor consignó, sin embargo, razones muy supersticiosas para que un vivo se vuelva vampiro: trabajar los domingos, fumar en días santos, tener relaciones sexuales con la madre; incluso por razón de destino o por una tendencia hereditaria familiar a volverse tal: tener cabello rojo, abundante cabello, dientes preciosos y ojos azules, lo que corresponde al imaginario popular de una persona hipersexual. También se adujo que un muerto puede tornarse vampiro si en su tumba se sentó un animal impuro o saltó sobre su cadáver o su féretro, particularmente un perro o un gato, ideas que para el autor están evidentemente relacionadas con la idea de insuficiente respecto o cuidado del muerto.[8]

El mismo autor asumió que la creencia en vampiros es una de las creencias más ricas y que tiene conexiones con numerosas otras leyendas y supersticiones como las del hombre lobo, el íncubo, los demonios y las brujas.[9] Y encontró también que el mito del vampiro contiene llanas indicaciones de la mayoría de las perversiones sexuales, y que las manifestaciones del vampiro asumen varias formas de acuerdo con cuál de estas perversiones es la más prominente.[10]

[1] Jones, Ernest (1931): On the nightmare. International Pyscho-analytical association: Londres, p. 100

[2] Ibídem, p. 101

[3] Ibídem, p. 102

[4] Ibídem, p. 102-103

[5] Ibídem, p. 103

[6] Ibídem, p. 112 y 113

[7] Ibídem, p. 113

[8] Ibídem, p. 115

[9] Ibídem, p. 57

[10] Ibídem, p. 98