Exex, la mujer del bigote, de Pablo Paniagua, es una novela cuyo primer prototipo data de 1984, escrita en Madrid en el ambiente de efervescencia de lo que se conoció como La Movida Madrileña. Cuenta el autor que lo hizo bajo la influencia de lecturas de Boris Vian, Guillaume Apollinaire (particularmente la novela pornográfica Las once mil vergas) y algunas del género policíaco. De dicha influencia nacería esta obra que contó con sucesivas versiones y revisiones en diversos años para ser publicada como blog-novela en internet y culminar su proceso, en el año 2020, bajo el sello Alita de Mosca (proyecto editorial del mismo autor).

Se trata de la loca y ágil historia de una joven modelo de 19 años llamada Exex (la misma pronunciación ya sugiere la palabra inglesa sex: sexo en español), cuya llamativa característica es un tremendo bigote que la hace increíblemente atractiva para los demás, y que aparece como un elemento insólito ordenado en el pacto narrativo, volviéndolo de lo más natural y aceptado, algo que la emparenta con una estética de cómic o quizá le agrega un toque surrealista. Dicha jovencita se abre paso en un Nueva York hostil donde las pasiones se desatan en violencia, pues los personajes parecen seguir los impulsos ciegos y sus deseos, llegando muchas veces a cometer actos desatentados, incluso la misma protagonista.

La historia se divide en tres partes, cada una relativa a un amante de la bella bigotuda, que la hacen ir conociendo las salvajes y turbulentas pasiones de estos hombres al mismo tiempo que explora su propio erotismo y fortaleza, pero también sus necesarios límites, entregándose a una vorágine de acontecimientos rayanos en la locura. Así, pasa de relacionarse con un proxeneta mafioso que sólo la usa para sus perversos fines sexuales, a ser la querida de un alcohólico patético quien ve en ella su única posibilidad de cumplir su sueño de amar a una bella mujer, después a ser la compañera furtiva de un roquero vividor vendedor de drogas, para, finalmente, caer en los brazos de una apasionada pelirroja.

En todos los casos previos, la heroína se entrega a un duelo de voluntades que la llevan a vengarse de sus amantes, siempre siguiendo la lógica de su propia liberación y el fiel achatamiento a sus propios instintos. Esto la emparenta con cierta figura subversiva del feminismo literario, pero esta liberación tiene el agrado de hacerse sin el dictado de preceptos morales rígidos o puritanos, siguiendo el puro curso natural de la vida con todo lo que tiene de feroz la cacería de la carne, consabida lucha de poderes y entrega a las propias concepciones del amor, entre lo bello y lo bueno. Esto aporta a la novela una nota fresca, a veces polémica, pero muy paladeable, complejizando los personajes y llenándolos de claroscuros que hacen resplandecer su calidad humana, a pesar del pequeño monstruo que guardan todos.

Pero es también, paralelamente, la segunda historia de un niño que decide suicidarse por el acoso y la humillación que sufre en el colegio por su labio leporino, y cuyos intentos se ven una y otra vez frustrados. La historia termina anudando los fragmentos en un mismo cauce en el que todo se resuelve en una nota de destrucción y muerte, haciendo gala de una estética posmodernista que disuelve los paradigmas en una propuesta donde parece quedar postergado algún asidero. El lector termina con la satisfacción de haber leído una obra que acaba por demostrar su apuesta, así como haber asumido conscientemente ciertos retos estructurales de antemano.

Por otro lado, encontramos en la novela un juego muy interesante de epígrafes apócrifos que llegan a confundir a un lector experimentado, y de los cuales sólo hasta el final se confirma que son falsos, pues están redactados con todo el espíritu de la letra de cada región del mundo del autor inventado. Esto le da un plus a quienes gozamos de las posibilidades del juego literario.

En fin, se trata de una novela que se lee, para regocijo de los lectores ávidos, de un solo tirón y sin ningún problema, con momentos que van desde lo cómico, lo perverso, lo erótico, lo dramático y lo morboso; y, en mi opinión, con una nota queer, en tanto la heroína, además de contestar los estereotipos de género con su orgulloso bigote, y mostrar rebeldía y acción en vez de sujeción y pasividad, termina abrazando una provisional identidad lésbica que la completa justo antes de su aniquilamiento. Sin embargo esta nota queer no agota para nada la lectura de la novela, sino que sólo la relativiza entre otros tantos discursos contemporáneos.

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