Entre las investigaciones serias que se llevaron a cabo en torno al fenómeno del vampirismo destaca la de la Comisión de Belgrado en la que participó el doctor en medicina Gerard Van Swieten, médico personal de la emperatriz de Hungría María Teresa de Austria, quien concluyó que se trataba de una superstición vulgar y solicitó cargos judiciales para quienes exhumaran cadáveres con este motivo, pues consideraba sacrílega la ceremonia, además de que el acto ensombrecía la reputación del difunto y su familia.[1] De acuerdo con Horace Walpole, el rey Jorge II de Inglaterra no dudaba de la existencia de los vampiros; y hasta Luis XV de Francia se interesó por que le informaran oficialmente del asunto.[2]

El asunto llegó también al Vaticano. El papa Benedicto XIV, en una carta enviada al arzobispo de Leopolis, se burló de los muertos andantes de las creencias populares de su Polonia contemporánea, y

recordó su De cananizatione Sanctorum, en donde dejó claramente establecido que la conservación de los cuerpos más allá de la muerte no es un milagro; aceptó el informe de médico de la Emperatriz, repitiendo que la causa [de la incorruptibilidad de los cadáveres][3] puede deberse al tipo de terreno donde son inhumados; con máxima claridad atribuyó a sacerdotes la propagación de la superstición del vampiro para poder cobrar sus exorcismos y misas; y pedía al arzobispo interdecir a todo sacerdote que resultara culpable de tal prevaricación.[4]

Todo este fenómeno cultural fue de tal importancia e impacto que los pensadores de la Ilustración se referirán a él. Voltaire en su Diccionario filosófico (1764) dice: “Continuamente estuvieron ocupándose de los vampiros desde 1730 hasta 1735; los espiaron, les arrancaron el corazón, y los quemaron; pero semejantes a los antiguos mártires, cuantos más quemaban, más aparecían”.[5] Jean Jacques Rosseau dirá con ironía: “Si hay una historia bien acreditada es la de los vampiros. No falta nada: testimonios orales, certificados de personas notables, cirujanos, curas y magistrados. La evidencia jurídica es de las más completas. Sin embargo, ¿quién cree en vampiros? ¿Seremos condenados por no haber creído en ellos?”[6] A este pensador le pareció irrelevante discutir las pruebas a favor o en contra del vampirismo, por lo que evitó pronunciarse categóricamente al respecto, pero defendió la posición de la razón sobre la retórica de ciertos eclesiásticos que promovían creencias como éstas para probar la omnipotencia de Dios;[7] aunque reconoció que los vampiros existen de alguna manera, en la mente de los que afirman haber atestiguado su existencia, siendo esa existencia importante por las cuestiones que planeta sobre la interpretación del mundo.[8]  Otro filósofo de la época, Jean-Baptiste de Boyer o Marqués de Argens, escribirá en una carta contenida en sus Cartas Judías (1738; la carta en cuestión es la 137) su opinión  respecto al tema luego de consignar un supuesto caso de vampirismo que ocurrió en Kisilova.[9]

            Desde 1679 se publicaron en Europa una cantidad considerable de tratados y disertaciones sobre vampiros,[10] que incluían argumentos teológicos para atribuir dicho fenómeno al Diablo, explicaciones científicas varias (como la catalepsia y las condiciones del suelo para explicar la incorruptibilidad de los cuerpos sepultados) o atribuciones del hecho a la ignorancia popular.[11] En 1751 se publica Dissertation sur les apparitios des espirits et sur les vampiros et revenant, conocido actualmente en español como Tratado sobre los vampiros[12] de Dom August Calmet, sacerdote especialista en la Biblia e historia sagrada, obra muy leída en su tiempo en los círculos intelectuales y traducida al inglés, italiano y alemán. Dicha obra cuenta horripilantes anécdotas de vampiros, lo que puso al tema del vampiro de moda entre los letrados. El ensayista español Benito Jerónimo Feijóo escribe, a raíz de la lectura de este libro, unas Reflexiones críticas sobre las dos disertaciones, que en orden de apariciones, y los llamados vampiros, dio a luz ha poco el célebre benedictino, y famoso expositor de la Biblia D. Agustín Calmet,[13] en cuyo texto escribe la palabra vampiro en cursivas, prueba, según Vicente Quitarte, de que en el siglo XVIII la palabra vampiro apenas comenzaba a ser una voz aceptada por la academia aunque estuviera ya generalizado su uso.[14] En dicha obra, Feijóo acota los rasgos más importantes de la creencia en vampiros: las resurrecciones de ellos son siempre para maltratar a sus conciudadanos, chupar su sangre, matar a veces; un solo vampiro puede bastar para asolar a una ciudad;[15] yacen en sus tumbas incorruptibles, sin mal olor alguno, con el mismo color con el que fueron enterrados, flexibles los miembros, la sangre fluida;[16] alternan entre la vida y la muerte;[17] para librarse de ellos hay que empalarlos, rompiéndoles el pecho con un madero y, si esto falla, quemarlos para reducirlos a cenizas.[18] Sin embargo, el autor declara que no cree en ellos; atribuye la creencia en vampiros al engaño activo de charlatanes y mentirosos que desean provocar admiración, en su vanidad de haber sido supuestamente testigos de cosas sobrenaturales,[19] y a un embuste esparcido por gentes rústicas e ignorantes. Concuerda con Calmet en que son ilusión, imaginación, fábula.[20] Se basa, para sostener sus tesis, en las sagradas escrituras, que no refieren a los vampiros, y en la lógica racional.[21]

La creencia en la resurrección de los muertos en forma de vampiros nocivos quedó tan arraigada en el folclor y en las creencias populares que, como ya señalamos, todavía actualmente se documenta esta creencia en algunas comunidades de países que sufrieron esta crisis.[22] En el segundo tercio del siglo XVIII, con la mengua de las epidemias de peste, de la cual se culpaba a los vampiros, la moda de la creencia en éstos decreció.[23] Sin embargo, Europa todavía habría de saber mucho más de vampiros, ya que, a raíz de esta convulsión, la figura del vampiro como tal entró a la escritura literaria en Occidente, alcanzando su encumbramiento con la imaginación romántica, con la que el mito llega a su plenitud.[24]


[1] Ídem

[2] Siruela, J. (2010): Op. cit., p. 30

[3] Como apuntan Ricardo Ibarlucía y Valeria Castelló-Joubert, el origen de la superstición acerca de la incorruptibilidad de los cadáveres está estrechamente relacionada con el problema religioso de la corrupción de la carne. Los cristianos ortodoxos estaban persuadidos de que los cadáveres que no se corrompían pertenecían a excomulgados y a personas malévolas. Cfr.: López González, Encarnación (2005): La metamorfosis del vampiro: características y evolución del personaje en la literatura en lengua inglesa y española [tesis, en línea]. UNAM: México, p. 8 y 9. Disponible en: http://www.academia.edu/6529923/Tesis_La_metamorfosis_del_vampiro._An%C3%A1lisis_del_personaje_en_la_literatura_en_ingl%C3%A9s_y_espa%C3%B1ol_1819-1927 [consultado el 14 de abril de 2016]

[4] Tola de Habich, F. (2009): Op. cit.

[5] Voltaire (2002): Diccionario filosófico Vol. III. RBA: Barcelona, p. 455

[6] Citado en: Tola de Habich, F. (2009): Op. cit.

[7] Siruela, J. (2010): Op cit., p. 27

[8] Neocleous, Marcos (2013) “La economía política de los muertos: la metáfora cognitiva de los vampiros en Marx” [en línea] en History of political thought Vol. 24, No. 4. Imprint academic: Exeter, p. 2 y 7. Disponible en: https://marxismocritico.files.wordpress.com/2013/06/neocleo.pdf [consultado en 12 de enero de 2016]

[9] La carta puede leerse en línea, en su versión original en francés, en: http://www.arries.es/la_cripta/textos/cartas_judias.html [consultado el 14 de abril de 2016]

[10] Algunos de estos tratados son: Disseratio histórico-philosophica de masticatione mortuorum (1679) de Philipp Rohr, Magia posthuma (1706) de Karl Ferdinand von Schertz De masticatione mortuorum in tumulis liber (1728) de Michael Ranftius, Dissertatio de cadaveribus sanguisigis (1732) de John Chrsitian Stock, Dissertatio de vampiris serviensibus (1733) de Joh Henrich Zopfius,  Tratado de la verdadera naturaleza de los vampiros húngaros (1734) de Raften Dissertaione sopra I vampiri (1744) del arzobispo Giuseppe Davanzati, aprobada en una extensa carta por el papa Benedicto XIV, Philosophae et christianae cogitationes de vampiris (1773) de C. Herenberg. En 1701 publicó también un libro, Viaje a Levante, de Joseph Pitton, donde se recoge una historia de vampiros; sin embargo, pasó casi desapercibido. Otras obras ya se habían ocupado, sin embargo, del tema. En 1657 la obra Des falses revenants relation de ce qui s’est passé a Sant Enri Isle de l’Archipel de Francoise Richards relata el miedo a los vampiros en la isla de Santorini. En 1645, Leo Allatius finaliza el primer tratado moderno sobre vampiros: De graecorum hodie quirundam opinationabus.

[11] Siruela, J. (2010): Op. cit., p. 31

[12] Calmet, Agustín (2009): Tratado sobre los vampiros. Reino de Cordelia: Madrid.

[13] Dicho texto se encuentra en la obra Cartas eruditas y curiosas, del autor, publicadas en cinco volúmenes entre 1742 y 1760.

[14] Quirarte, V. (2006): Op. cit., p. 139

[15] Feijoo, Jerónimo (2006): Sobre la existencia de los vampiros. Artemisa: Buenos Aires, p. 46

[16] Ibídem, p.47

[17] Ibídem, p. 48

[18] Ibídem, p. 52

[19] Ibídem, p. 57

[20] Ibídem, p. 70

[21] Ibídem, p. 76

[22] De hecho, todavía en 1919 se produjo una exhumación a gran escala en Bukowina, Rumanía, debido a la creencia en vampirismo. Uno años más tarde, en la aladea de Amarasti y en las proximidades de Cusmir se revivían los viejos rituales con cadáveres para librar a los familiares de supuestos vampiros. Cfr.: Solares, I. (2013): Op. cit., p. 21

[23] Tola de Habich, F. (2009): Op. cit.

[24] Quirarte, V. (2006): Op. cit., p. 140