En el día borracho de luz,
mi corazón sufre, bosteza y espera;
y mi amor ofende al hombre que amo.
Estas campanadas no anuncian la salvación;
y por doquier se esparce la ceniza de la muerte.
Hay flores, sí, que dulcifican la mirada que aún se afana,
mas en todo fue declarado lo dañino.

Este día abre sus manos
como un niño perdido en un jardín.
Éste es el ovillo que poco a poco se desdevana,
un lugar para ser traspasado
por todas las saetas de los ángeles de Dios.

El regreso al útero no es viable.
Las lágrimas siempre lavan el ojo;
pero algo debió haber sido resuelto
en el álgebra del mundo.

Quizá una taza bebida aún tibia;
una suela que comienza a abrirse;
un muchacho sentado en un puente
que aún no tiembla de miedo.