Controlabas mis venas. Te fuiste.
Hoy miro los libros sin leerlos,
abrazo el violín sin tocarlo,
la sonrisa del piano me aterra
y las campanas de la catedral
me suenan en extremo estridentes.
Sí, me da miedo aceptarlo
pero mi cabeza desato ya sus riendas
y hoy me sorprendo sosteniendo un vaso roto.
Esto es todo cuanto poseo:
el café que se enfría en la mesa,
una mirada fija al suelo en busca de nada,
otro vistazo al espejo intentando encontrarme
y un nuevo poema triste sin completar.
Pero si vuelves, no comerás de mi otra vez.
No sentiré de nuevo esas ganas de pudrirme
para servirte de alimento. Ya no lo intentaremos.
Te amo. Pero la vida cala igual con tu cuerpo.
En mi se posan aquellas navajas
y se hunden con saña aun si me abrazas.
Me envuelves y tu boca se funde en mí,
pero siento tanto frío.
No es mi culpa ser tan joven
e irremediablemente vacío.
Debí habértelo dicho: en tu ausencia o contigo
la vida lastima lo mismo.











