Eres la compañía que me invento en el camino
–que con rosas o espinas es el mismo–,
la escalera en que subo a la cumbre
para lanzarme al vacío, filo de contrastes
en que me sangro para sentirme vivo.

No podría estar contento sin ti –¡Cómo lo estoy! –,
pajarillo con su pequeño grano,
aleteando entre los mirtos, sin advertir
la predación ensangrentando el final del cuento.
No me atrevería a tomar tu nombre como mío,
ni podría guiar tu atención a mi canto primitivo;
éxtasis de dualidad, río que arrastra júbilo y desesperanza,
vértigo de simas y cimas.

Mano que me prensa y me destruye,
para grabarme en formas imperecederas, eternas.