Las experiencias modernas atraviesan (como el vampiro mismo lo hace) las fronteras de la geografía, la etnia, la clase, la nacionalidad y la religión para unir en un mismo fenómeno a la humanidad. Así, el mundo contemporáneo puede ser visto a través de la noción de modernidades múltiples, que presupone una nueva forma de entenderlo, viéndolo como “una historia de continuas construcciones y reconstrucciones de una multiplicidad de programas culturales”.[1] Castoriadis plantea con relación al imaginario social que cada sujeto está buscando permanentemente nuevos significantes, que la ideología no es inamovible ni automática y que la imaginación creadora hará que cada sujeto esté siempre trasformando su propia ideología y por lo tanto la historia.[2]

Esta noción será de importancia en nuestro trabajo para entender al vampiro posmoderno. Max Horkheimer y Theodor Adorno plantean que las industrias capitalistas del espectáculo han logrado la estandarización de las formas culturales y han afectado (atrofiado) las capacidades críticas del individuo para pensar autónomamente. “Los bienes culturales producidos por esta industria se diseñan y se manufacturan de acuerdo con los objetivos de la acumulación capitalista y de la ganancia de utilidades”,[3] lo cual según los autores es parte intrínseca del proceso de racionalización y cosificación de las sociedades modernas. Esto sin duda afectará la calidad de las producciones culturales, sin excluir al vampiro literario, que encontrará recientemente sus formas más comunes en la cultura de masas y el arte pop, ya confiscado por el capital, y vaciado o atenuado su contenido trasgresor.

            En este sentido, los medios de comunicación han sido las instituciones encargadas de reactualizar este mito, como lo han hecho a lo largo de su historia;[4] pues una de las características más importantes del siglo XX es el crecimiento y penetración de los medios de comunicación en la población mundial. La trasmisión de mitos dentro de los medios de comunicación es muy importante para una cultura, ya que con ellos el sujeto se explica su existencia, su rol en la comunidad, su papel en la sociedad y su relación con el cosmos.[5] El mito es un modo por el que los individuos encuentran significados para el mundo y su vida en él: los mitos, dentro de una sociedad, cristalizan significados que operan organizando los múltiples sentidos de las acciones, el pensamiento y los sentimientos de los individuos (Castoriadis).[6]

            Los medios de comunicación han sido importantes, además, por el método con el que operan en el imaginario social: por la repetición insistente de sus narrativas,[7] que permite, por medio de pequeñas variaciones, diseminadas una y otra vez, una evolución constante. Los psicoanalistas han demostrado que la lógica, los héroes y las hazañas del mito sobreviven en estos tiempos. El mito crea y oculta un mundo estratificado y de poder, mediante el cual el individuo crea una identidad y un sentido de su vida en el tejido de los símbolos sociales, mismos que afianzan sus valores morales, pero no los que la sociedad le impone, sino los que asume como propios. La mitología constituye así una forma de enfrentamiento del individuo con el misterio de la creación[8], le explica cuál es su lugar y función en el universo. “Un mito es una forma de darle sentido a un mundo que no lo tiene”; por lo que la creación de ellos, según Rollo May es esencial para la adquisición de salud mental[9] y son asimismo indispensables para construir la memoria subjetiva.[10] Erich Fromm señala que los mitos constituyen el único lenguaje que todos podemos entender; aunque su lectura dependa de la cultura y el momento histórico del sujeto.[11] No tanto la literatura, sino los productos del cine han sido, en la posmodernidad, los responsables de la replicación de este mito.

            El vampiro posmoderno, aun con sus contenidos rebajados, sigue trasmitiendo un aspecto satánico de la humanidad. El vampiro es un seudónimo de Satanás. A través de esta identificación satánica, vuelta positiva, consciente o inconscientemente continuamos una tradición cultural histórica y la proyectamos en nuestro futuro y en el de la humanidad desde el presente (no olvidemos la importancia de la creación imaginante como modeladora de la historia en Castoriadis). Y es que, en opinión de May, todos tenemos un mito en función del cual construimos nuestra vida (y a la sociedad).Este mito nos mantiene sólidos como individuos y nos da capacidad de revivir el pasado y proyectar el futuro sin descuidar el anclaje que tenemos en el ahora: salva así la brecha entre lo inconsciente y lo consiente.[12] May piensa que nuestra conciencia se agudiza si incorporamos a ella un mito de los denominados autodestructivos, como el del Satanás o del el vampiro. Cita a Paul Tilich cuando dice que “La autoafirmación de un ser será más intensa cuanto más ‘no ser’ contenga”.[13] El mito de Satán y el del vampiro encarnan también en otros pseudónimos como el del mito de Fausto (Glantz, Rollo): una misma constelación en la que se teje la figura titánica del imaginario del mal. De esta manera el vampiro, siguiendo la idea de Oswald Spengle acerca de lo fáustico, por su amor por la competitividad y el materialismo desatado, es un poderoso símbolo de Occidente.[14] El vampiro, individualista ávido, es demoniaco, como Occidente mismo, en la misma noción de que lo demoniaco es el impulso que cada individuo tiene para afirmarse.

            May insiste así en la positividad que puede revestir a lo demoniaco. Es negativo cuando “usurpa la totalidad del yo sin atender la integración de ese yo ni las formas y deseos de los demás, ni a sus necesidades de integración. Se hace positivo cuando se presenta como una afirmación del yo mediante las fuerzas creativas:[15] “lo demoniaco es la voz de los procesos generadores en el seno del individuo. Lo demoniaco es la estructura única de sensibilidad y fuerzas que constituyen al individuo como un yo, en relación con su mundo”.[16] Tras enfrentarse contra lo demoniaco que hay en él, “la persona creativa puede enfrentarse al mal y convertirlo en algo exultante, bello y sano.”[17] Así, el vampiro aun actualmente es una figura positiva que sigue cuestionando los mismos cimientos de la moral a la que se opuso en su época literaria de oro. Aún hoy ataca los remanentes de esa moral que es represiva con la expansión y la afirmación del yo, mediante creaciones que seducen al lector del mito a través de la sensación. El mito sigue cumpliendo su función primordial en esta época en la que todavía hay muchas preguntas cosmológicas que la ni la ciencia ni la religión contestan satisfactoriamente;

hace palpable, y traduce en lenguaje imaginario, simbólico, el misterio de la vida, que incluye implícitamente su propio fin, su propia muerte. (…) Paul Diel observa que la visión mítica ha expresado el terror sagrado y que ‘la investigación psicológica debe llegar a comprender que esta trascendencia es una imagen basada en el sentimiento inmanente del terror ante la profundidad misteriosa de la existencia y de su legalidad (Duvignaud).[18] El cine, como ya señalamos, ha sido en tiempos posmodernos el vehículo privilegiado de la difusión de los vampiros, suministrando un buen ejemplo de una mitología cuyas estructuras narrativas proceden de otros medios (folclor, iconografía, literatura); mitologías que, presentadas en un universo hiperreal, suelen tener protagonistas que son opuestos de manera constante por la narración fantástica, en una relación radical, al universo que les rodea.

El cine, como ya señalamos, ha sido en tiempos posmodernos el vehículo privilegiado de la difusión de los vampiros, suministrando un buen ejemplo de una mitología cuyas estructuras narrativas proceden de otros medios (folclor, iconografía, literatura); mitologías que, presentadas en un universo hiperreal, suelen tener protagonistas que son opuestos de manera constante por la narración fantástica, en una relación radical, al universo que les rodea.[1]


[1] Ibídem, p. 126



[1] Ibídem, p. 597

[2] Ibídem, p. 592

[3] Ibídem, p. 599

[4] Eric Hobsbawm, en su análisis del siglo XX vincula la historia de la cultura con la aparición y las consecuencias de los diferentes medios de comunicación. Ibídem., p. 602

[5] Erreguerena, María Josefa (1999): “Desarrollo de los medios de comunicación como reproductores de mitos” [en línea] en Anuario de investigación 1998 Vol. I. UAM: México, p. 319. Disponible en:http://148.206.107.15/biblioteca_digital/estadistica.php?id_host=6&tipo=CAPITULO&id=473&archivo=20-473pbx.pdf&titulo=Desarrollo%20de%20los%20medios%20de%20comunicaci%C3%B3n%20como%20reproductores%20de%20mitos

[consultado el 3 de septiembre de 2015]

[6] Ibídem, p. 320

[7] Ibídem, p. 321

[8] May, Rollo (1992): La necesidad del mito. Paidós: Barcelona, p.32

[9] May, R. (1992): Op. cit., p. 17

[10] “Memoria y mito son inseparables”. May, R (1992). Op. cit: 67

[11] Erreguerena, M. J. (1999): Op. cit., p. 323

[12] May, R. (1992): Op. cit., p. 33

[13] Ibídem, p.34

[14] May, R. (1992): Op. cit., p. 202

[15] En este sentido, Erreguerena recuerda el concepto de lo demoniaco en la Grecia clásica: la creatividad del poeta y del artista estaban comprendidas en esta noción, así como la del maestro religioso. Citado en: Erreguerena, J. M. (1996): Op. cit., p. 114

[16] Citado en: Ibídem, p. 117

[17] May. R.: Op cit, p. 260

[18] Citado en: Erreguerena, J. M. (1996): Op. cit., pp. 123 y 124

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