Tengo visiones de un lejano pueblo destruido por imprecisas causas.
Sus glorias permanecen sólo al fondo de amarillentas fotografías
en polvorosos estantes,
glorias que son hoy sólo un difuso ensueño
que inquieta a los ancianos que a la destrucción aún sobreviven.
Los ancianos abandonan el catre para asomarse a la ventana
y bajar su mirada ante las ruinas, a mita de la estepa.

Huelen sus caminos a muerto.
Su tren luce como un desvencijado juguete.
De las carretas abandonadas, los flacos caballos
muerden hierba seca y emiten lastimeros relinchos.
Por los caminos circulan rodamundos.

Su cielo es gris a causa del fuego que devasta enteras las moradas.
Los pájaros no pueden resistir el cielo en su velo de humo
y caen fulminados.

¡Cómo quisiera recoger al ave agonizante que cae
y sentir cómo apretada a mí
exhala el último aire en su pequeño pecho contenido!

¡Si tan sólo pudiera hacer algo por el niño que en su cuna llora olvidado
por su madre asfixiada en la penumbra!

Desearía que estas imágenes no atravesaran desbandadas mi frente
como en un cinematógrafo, que no trastornaran mi juicio.
Tal vez sea el clamor natural de sus muertos. No lo sé.
Lo que sé es que tal vez yo no sería nada si no fuera
¡la angustiosa memoria de esa tierra devastada!