Vienes y te vas.
Me golpeas obstinadamente
y te humillas ya ante mí levantando espumas
altas como roncas y funestas pronunciaciones.

Yo escucho y atesoro el eco de tus lamentos
como el caracol el susurro del mar,
abandonado a la orilla.

Vienes siempre a mí
queriendo devastar el margen que me asila,
lleno de tu cuerpo de agua estruendosa y amarga,
presto a romper las riveras que te apresan.

Te esparces en mi cercanía ahora muy lánguidamente s
in alcanzar a arrancarme de mi anclaje
y llevarme confundido entre lo tuyo.

Me golpeas monótonamente…

Y yo permanezco en mi sitio,
pétreo, casi fosilizado, sin poder consentir o negar.