La soledad es una sombra gris, casi negra,
que extiende su mancha impalpable
sobre la monotonía de nuestras horas.

La soledad ocupa los cuartos, las habitaciones,
y alguna vez habla.
A través de las grietas de un muro viejo
donde crees reconocer caras, animales imposibles,
árboles de un jardín imaginario,
escucharás su voz.
Y, tendido en rigidez, como sobre una plancha de hospital,
exclamarás —¿Quién eres?… y ella contestará
—Soy tu soledad. Hemos estado juntos desde tu nacimiento.
A veces miras las nubes, encuentras a un amigo,
te embriagas y te olvidas de mí;
pero siempre voy pegada a tu cuerpo como una capa.
Siénteme; reconoce en mi voz tus íntimos pensamientos,
tus versos, tu asfixia rutinaria.

Entonces nos levantamos precipitados de espanto
como un muerto que en el lecho resucitara,
y en el espejo nos inspeccionamos
lo mismo que un médico a un enfermo terminal,
volviendo a caer en la cuenta de que somos uno,
sólo uno,
contra el mundo,
contra todo lo demás.

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