El vampiro literario es así, atemporal, y sus sentidos profundos son aplicables lo mismo para esta época:

La dimensión atemporal y ejemplar del drama o del relato mítico le hace repetible a nuevos contextos y situaciones. Escritores de todos los tiempos y de todos los rincones del mundo reformularán con voz propia la intriga en la que se inscribe la acción de los personajes, la orientación en función de su sensibilidad y enfocarán, desde la dimensión simbólica o metafórica del mito, algún aspecto determinado de la problemática social o moral propio de su contexto histórico.[1]

El mito del vampiro, trascendiendo todas sus realizaciones concretas, sigue conservando su singularidad y su vigencia. Si bien sus sentidos pudieron ir cambiando en los tiempos actuales, ya que la compresión que hacemos del mundo en la actualidad ya no es enteramente mítica.[2]

            El vampiro sigue habitando la literatura como un espacio natural ya que la literatura y el arte en general son terrenos fértiles para la construcción del mito, puesto que en ellos se cristalizan todas las imágenes visuales y mentales, arquetipos y símbolos por los cuales una sociedad organiza y expresa sus valores culturales y la interpretación que ha hecho de los legados de la humanidad.[3] Así el vampiro sigue siendo un mito artístico consolidado en el imaginario cultural por un proceso histórico tanto de deformaciones como simplificaciones, y ha sido susceptible de convertirse en ello por ilustrar tan bien de manera simbólica y fascinante una situación humana ejemplar para una persona o colectividad. Y es que tanto la literatura occidental como cualquier otra tienen esta capacidad de crear grandes relatos capaces de mitificarse: la literatura alimenta al mito y viceversa: El mito se trasvasa en la literatura de manera intencionada o inconsecuente y desde allí es reinterpretada y rescrita.[4]

La rescritura de un mito literaturizado, realizada con sensibilidad e imaginación personal, “activa las posibilidades iluminadoras de los mitos literarios y permite inscribir dentro de su esquema narrativo nuevos planteamientos que pueden ofrecer nuevas respuestas, por la vía estética de la ficción, a nueva preguntas o interrogantes que suscitan los aspectos inquietantes o enigmáticos del destino humano.”[5] A este respecto, el mitoanálisis nos permite comparar la dimensión mítica de diversas obras literarias para deducir cómo los mitos funcionan como directores de una época histórica y observar al mismo tiempo su trasformación por la sensibilidad personal de cada escritor, o por la emergencia de otros mitos más adaptados a la evolución del espíritu de una época.[6] El mito es flexible en su adaptación a los esquemas narrativos y literarios; pero esa adaptación es resistente, porque permite la visualización imborrable de la huella del mito original. Veamos tres formas que propone Juan Herrero Cecilia acerca de las trasformaciones del mito en las reescrituras literarias[7], formas de trasformación que serán importantes en el estudio del corpus que nos ocupará:

a) La literatura profundiza ciertos elementos constitutivos del esquema fundamental del mito, mismos que no habían sido desarrollados en lo particular. Esto podemos observarlo particularmente durante la época dorada de la literatura vampírica del final del romanticismo, periodo durante el cual, cómo vimos, los escritores, aportaron rasgos inéditos al mito, para ir llenándolo de una nueva personalidad más o menos reconocible y definida.

b) La literatura reorienta la sintaxis fundamental hacia nuevas problemáticas y escenarios relacionados con la sensibilidad de la época o con una visión personal que el autor proyecta sobre el universo del texto. Esto ha sucedido, como veremos más adelante, en algunas escrituras particulares, como la de Anne Rice durante el siglo XX, autora cuyos vampiros son seres asaltados por pasiones muy humanas que no se habían considerado con anterioridad en el vampiro literario.

c) La literatura modifica el tono y el género desde los cuales se había tratado la sintaxis básica del mito, pudiendo adoptar la ironía, la distancia crítica o incluso la caricatura y la parodia para introducir un planteamiento desmitificador o buscar un efecto de humor, acciones que contribuyen al cuestionamiento y la trasgresión de la dimensión simbólica y metafísica del mito, o que convierten al mito en alusiones a problemáticas sociales o ideológicas relacionadas con esquemas y estereotipos dominantes de un contexto cultural. Esto se ha dado en la literatura vampírica hispanoamericana de los últimos tiempos, con inclusión de la mexicana, como veremos más adelante.

            Finalmente, para ilustrar la importancia del mito para un literato posmoderno, acudiremos a Agustín Bartra, ensayista y poeta, para quien el mito es la proclamación de un valor revolucionario en tanto escapa de la dictadura de la lógica. Bartra, parafraseando a Nietzsche, expresa que el escritor tiende al mito para no morir a causa de la verdad, exponente esencial de lo imaginario fundado en la historia y la religión.[8] El mito es importante para la literatura porque en el fondo no es más que una gran imagen salvada por un peso filosófico y moral “que presta sentido a las mecánicas cotidianas”, “imagen con raíces”.[9]  Lo es también por ser “una presentación intuitiva de lo que en realidad trasciende el poder del ojo mortal. El mito está en el logos, dijo Platón, mas no dejó de afirmar que en ciertos casos no pudiendo el logos alcanzar la verdad ésta puede ser manifestada a través del mito.”[10] El mito es una verdad ofrecida para ser vivida desde adentro: “En su estructura más profunda, el mito crea realidad y el ámbito espiritual en que el hombre puede proyectarse y afirmarse en una dimensión nueva, incorporarse existencialmente a la naturaleza y aprender las imágenes capitales del universo.”[11]


[1] Ibídem, p. 16

[2] Senís Fernandez, Juan (2008): “Mito y literatura: un camino de ida y vuelta” en Reescrituras de los mitos en la literatura: estudios de mitocrítica y de literatura comparada. Universidad de Castilla-La mancha, Albacete, p. 590

[3] Ibídem, p. 589

[4] Ibídem, p. 602

[5] Herrero Cecilia, J (2006): Op. cit., p. 69

[6] Ibídem, p. 72

[7] Ibídem, p. 74

[8] Bartra, Agustí (1999): ¿Para qué sirve la poesía? Siglo XXI: México, p. 36

[9] Ibídem, p. 39

[10] Ibídem, p. 104

[11] Ídem